Draco Malfoy, ante la prolongada ausencia de la profesora de Runas Antiguas, se dedica a revolucionar la clase a sus anchas con ayuda de sus colegas, impidiendo estudiar. Hermione Granger, alumna responsable y aplicada, no piensa quedarse de brazos...
ADVERTENCIA: este capítulo contiene una escena de temática sexual. Si no te sientes cómodo leyendo este tipo de contenido, siéntete libre de obviarlo y leer el resto. ¡Gracias! :)
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El campo de Quidditch estaba en completo silencio. El atardecer iluminaba el lugar con un tono anaranjado, alargando las sombras correspondientes a los tres altos aros que había en cada esquina. Sin embargo, la luz del sol apenas se introducía en la estructura de madera de las gradas. Algunos rayos se colaban por entre los postes, creando tiras de luz en las cuales las motas de polvo flotaban en calma. La temperatura se mantenía agradable ese atardecer de verano, con el sol todavía brillando al borde de las montañas.
Draco no lo notaba. Para él, el lugar estaba bajo cero.
Se encontraba en un oculto rincón en el interior de las gradas, sentado sobre los listones de madera, con la espalda apoyada en una de las vigas, y con las piernas encogidas. Sus brazos estaban apoyados sobre sus rodillas, cruzados. Sus ojos, abiertos de par en par, contemplaban el suelo de madera ante él. Quería estar solo. Necesitaba estar solo durante un rato. O quizá para siempre. No soportaba verse rodeado de sus compañeros. Felices, ajenos a la realidad. Viviendo sus miserables vidas sin preocupaciones, sin dudas, sin miedo. Eso no era real. La vida real dolía. Mucho.
Aunque posiblemente la vida de muchos de ellos terminaría esa misma noche. Y Draco tampoco encontraba consuelo en ello.
Un trozo de pergamino, muy arrugado, se encontraba a su lado, boca abajo. Oculto su mensaje de su vista. No quería volver a leerlo. Se lo sabía de memoria. Lo había recibido esa mañana.
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Draco sentía su corazón latir con fuerza. Pero muy lento. No conocía a ningún maldito "Henry". La nota no tenía el más mínimo sentido, pero no era su significado en sí lo importante de dicho mensaje; sino lo que ocultaba. Su tía había dicho la verdad. Iban a ser discretos. Draco, al leer el pergamino, no le quedó ninguna duda de que provenía de ellos. En el colegio registraban las lechuzas en busca de magia negra, de cualquier tipo de magia. Intentar enviar un mensaje oculto con un hechizo era prácticamente imposible. No habían utilizado magia para ocultar el mensaje, sino ingenio. No tardó demasiado en resolverlo. Rozaba lo absurdo, si sabías qué buscar. Leyendo la primera letra de cada una de las palabras, el mensaje se revelaba. Sutil. Escueto. Las últimas palabras, y la posdata, solo eran un camuflaje. Paja.
"Medianoche".
Su túnica negra de mortífago reposaba, enrollada cual trapo viejo, a su lado. No quería mirarla.
Casi podía escuchar el fluir de la sangre por sus venas gracias al aplastante silencio del lugar. Suponía que era normal sentirse asustado. Quizá se le permitía estar muerto de miedo. Pero no podía. Era incapaz de sentir nada. Sentía que no se creía la realidad. Que no podía haber llegado el momento. Por fin iba a tener la vida que desde niño había soñado, y no era capaz de sentir ni una pizca de felicidad. No sentía nada en absoluto. Solo un tremendo vacío, como si alguien le hubiese agujereado el estómago. No entendía qué estaba fallando dentro de él. Por qué tenía tantísimas dudas. Por qué no podía, simplemente, hacer lo que tenía que hacer para salvar el pellejo. Sin mayores quebraderos de cabeza. Por qué ahora tenía escrúpulos. Por qué estaba pensando.