23 | El cuadro de la campesina

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« La mataré. Está decidido. Mataré a esa estúpida egoísta. Parece que es lo único que acabará con todo esto. Está decidida a joderme la vida y no parará hasta conseguirlo, ahora está muy claro... ¿Cómo ha podido ser tan imprudente? Siempre tiene que liarlo todo, y siempre tengo que estar yo en medio. ¿Qué pretendía viniendo a la Enfermería? ¿Meterme en nuevos líos cuando parece que me he librado de que Crabbe y Goyle se lo cuenten a toda la escuela? Si quiere hundirme, no podría estar haciéndolo mejor... »

Draco dobló la esquina del pasillo con un derrape, haciendo que sus brillantes zapatos rechinasen audiblemente. Se detuvo al pie de unas escaleras que se estaban moviendo en ese instante, cambiando de dirección mágicamente, para recuperar el aliento. Estaba exhausto. Y estaba haciendo el tonto. Era media tarde, y ya había registrado la biblioteca hasta el último rincón. No tenía ni idea de qué otros sitios solía frecuentar Granger. Pero lo más seguro era que no estaría deambulando por los pasillos. Por si acaso, había revisado el tercer y cuarto piso, en vano. Quizá estuviera en clase, y ahí sí que no sería capaz de encontrarla. No tenía ni la más remota idea del horario de Granger. Ese año, debido a la diversidad en el número de alumnos y a que todas las asignaturas eran optativas, no siempre cursaban las mismas asignaturas con los mismos compañeros. Quizá, con suerte, estuviese en su Sala Común o en su habitación, estudiando como la empollona que era. Podía intentarlo.

¿Y dónde cojones estaba la Sala Común de Gryffindor?

Miró alrededor, intentado orientarse, como si esperase ver aparecer un cartel con una flecha que le indicase la dirección. Sintió la frustración bullir en su interior. Era inútil. No podía recorrer todo el castillo diciendo contraseñas al azar a todos los muros que encontrase por el camino. Eso suponiendo que la entrada fuese un muro; la de Slytherin lo era, pero a saber cómo era la de Gryffindor.

Pero le daba igual lo que tardase en encontrarla. Iba a hablar con Granger, e iba a hacerlo en ese momento. No pensaba esperar. No podía esperar, y ni siquiera estaba seguro de por qué. Pero estaba demasiado alterado, demasiado furioso. Tenía demasiadas cosas que decirle. Necesitaba hablar con ella de inmediato.

La respuesta a su problema se materializó al final del pasillo que había a su derecha, en forma de diminuto niño de pelo oscuro, vestido con una túnica negra y roja, con el escudo de los leones bordado en la solapa. Era capaz de distinguir desde la distancia el color dorado del león, y su silueta. Draco calibró sus opciones y terminó conteniendo un suspiro. Tenía que arriesgarse. Ya no tenía a Crabbe y a Goyle de su lado; tenía que hacer él el trabajo sucio.

Se enderezó al máximo, intentando adoptar una postura amenazante, y salió al encuentro del solitario niño, mediante poderosas zancadas.

—¡Eh, tú! —le espetó, alzando la voz todo lo que pudo. El joven de primer año se detuvo y contempló con expresión de abierto terror en su diminuto rostro cómo aquel alto alumno del último curso se dirigía hacia él—. Tengo un trabajo para ti, estúpido mocoso...

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—Adelante —dijo la calmada voz de Albus Dumbledore, desde dentro del despacho, en cuanto Harry llamó tres veces a la puerta con el puño. Tras inhalar con fuerza para darse ánimos, el muchacho abrió la puerta y se adentró en la amplia estancia circular.

Los retratos que invadían las paredes se encontraban plácidamente dormidos, en apariencia. Un débil sol se colaba parcialmente entre las cortinas de terciopelo; el día había amanecido francamente gris y nuboso, y apenas había mejorado con el paso de las horas. Fawkes, su gran ave fénix, se encontraba en su soporte. Al parecer hacía relativamente poco que había renacido de sus cenizas, pues lucía un aspecto fantástico, de brillante plumaje color carmesí, dorada cola y ojos despiertos y brillantes.

Rosa y EspadaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora