39 | Draco Dormiens Nunquam Titillandus

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Exámenes Terribles de Alta Sabiduría e Invocaciones Secretas. ÉXTASIS. Pruebas mágicas que debe superar todo aquel que quiera graduarse en Hogwarts y que, junto con los TIMOS, se convierte en una de las épocas más difíciles de su estancia en el colegio. Las clases habían terminado, por fin, y ahora solo quedaba hincar los codos día tras día, hora tras hora, disminuyendo los horarios de sueño o ingiriendo cualquier tipo de poción que les permitiese aguantar despiertos y medianamente concentrados, si era posible toda la noche... El mercado negro de sustancias de este tipo se había incrementado más todavía en los últimos días, por lo cual los Prefectos debían, además de estudiar para sus propios exámenes, emplear parte de su valioso tiempo en localizar y castigar dichos contrabandos. Ya se había visto el caso de una joven de Ravenclaw de séptimo que había ingerido lo que ella creía que era Felix Felicis, pero que resultó ser Coclearia, una planta que provocaba la inflamación del cerebro y que la llevó directa a la Enfermería.

A pesar de estos casos aislados, para la mayoría de los estudiantes de Hogwarts era una época de exámenes como otra cualquiera, cargada de estrés y nervios constantes. Sin embargo, para Draco Malfoy y Hermione Granger estaba siendo la que fácilmente podía ser la época más complicada de sus vidas.

Draco no parecía él. O, mejor dicho, tal y como pensaba Nott una y otra vez, parecía demasiado él. Una versión exagerada y peligrosa del antiguo Draco. Desde la prohibición de asistir a las clases por culpa del ataque a Ron Weasley, estaba siempre desaparecido. Nadie sabía jamás dónde encontrarle; nadie lo veía ni en los pasillos, ni en el dormitorio, ni en la biblioteca, ni en los jardines... Durante la noche era relativamente sencillo: pasaba el tiempo deambulando por todo el castillo. Y Nott era el único que lo sabía. Zabini no se había fijado nunca en las misteriosas desapariciones nocturnas de su compañero, pero Theodore sí, y no le hacían ninguna gracia. Draco salía del cuarto de madrugada y volvía recién entrada la mañana, sudado, agotado y sin aliento. Nott siempre aguardaba hasta verlo regresar al cuarto antes de irse él a desayunar. No intercambiaban palabra alguna, a veces ni siquiera una mirada, pero Nott no se atrevía a irse sin verlo aparecer. Era el único momento del día en que se veían. Cuando Theodore volvía a la habitación a media mañana, Draco ya no estaba, y no había forma de volver a localizarlo durante el día, a veces ni siquiera en las comidas.

Había días en los que Nott podía llegar a no intercambiar ni una palabra con nadie. Draco era normalmente su fuente principal de conversación, su único amigo, y, ahora que él le faltaba, había días en los que, a pesar de sentirse acostumbrado a la soledad, ésta le abrumaba. Daphne estaba siendo un gran apoyo, pero la joven también se encontraba estudiando muy duro la mayor parte del día, y el chico no quería molestarla con sus propios problemas en los escasos momentos íntimos que compartían. Menos aun quería desaprovechar lo que, sabía, serían sus últimos días a su lado, hablando del estado anímico de Draco. Así pues, incluso la compañía de Daphne estaba manchada de oscuridad. Apenas alcanzaba a asimilar que tendría que renunciar a ella, de forma inminente; el curso estaba llegando a su fin. Había días en los que el pecho le dolía tanto por ese hecho que se quedaba sin respiración y necesitaba esconderse en un armario, o un urinario, para respirar fuertemente hasta lograr recuperar el aliento. Y no podía hablar con nadie al respecto. Draco no estaba para él. Estaba hundido en su propio agujero. No había querido que Nott lo ayudase, y no parecía sentirse capaz de ayudarlo a él.

A pesar de sus escasas amistades, Theodore había oído rumores terribles acerca de las andanzas de Draco durante el día. Pero solo eran eso, habladurías. Murmullos sobre escabrosos maleficios lanzados por la espalda, robos y vandalismo en diferentes estancias del castillo. Pero no había manera de determinar al cien por cien que Draco hubiese estado involucrado en las fechorías de las que lo acusaban. Su nombre siempre salía a colación, pero los profesores no tenían forma de castigarle por falta de pruebas fidedignas. Nadie lo acusaba directamente. Nadie lo veía. Parecía estar metiéndose en mil y un líos, pero siempre salía airoso. Su astucia y su malicia se habían multiplicado.

Rosa y EspadaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora