—Harry Potter...
La voz sonó grave, sombría, y todavía dentro de su mente. Harry supo entonces lo que era quedarse sin habla. No era la primera vez que veía un dragón... pero como si lo fuera.
Ron y él habían traspasado la abertura con las varitas iluminadas en alto, dispuestos a defenderse en caso de que fuese necesario. Y casi las habían dejado caer de la impresión. Se encontraban en una gigantesca gruta de piedra negra, con rocas de diferentes tamaños dispersas por el lugar y largas estalactitas goteantes por doquier. Harry nunca había estado en un lugar tan enorme, e intuía que ni siquiera lo estaba viendo en su totalidad. Era asimétrico, como si fuesen cavernas que se habían ido construyendo una junto a la otra progresivamente. La luz de sus varitas solo iluminaba la zona más cercana, pero lo que estaba viendo ya parecía tener tres veces el tamaño del Gran Comedor. Y se sintió diminuto en todos los sentidos. ¿Ese lugar había estado siempre bajo el castillo?
Un lago subterráneo se había apoderado de parte de la gruta, perdiéndose a su derecha. No permitiéndoles alcanzar a ver el final. Harry estaba seguro de que habían descendido varios kilómetros para llegar allí. Debían estar por debajo del Lago Negro.
Pero esa laguna no era lo más grande que había allí abajo.
Estaba a seis metros de ellos, y la luz de las varitas apenas alcanzaba a iluminarlo totalmente. Lo primero que vieron fue su lomo, cubierto de enormes y brillantes escamas que relucían color cobrizo. Una enorme ala de murciélago cubriendo parte de su costado, moviéndose al ritmo de su respiración. Demostrando la viveza de la criatura. El lomo continuaba con una prolongada cola, que formaba una curva junto a su flanco, tan gruesa que calculaban que les llegaría por la cintura. Parecía tan larga como alguna de las mesas del Gran Comedor. O incluso más. Una hilera de fuertes pinchos de casi cincuenta centímetros de longitud, inclinados en dirección al final de la cola, recorrían su superficie.
Harry sintió que la respiración se le cortaba. Toda la valentía y seguridad que le había dado el haber descubierto por fin la localización de la criatura se esfumó. Eso había sido la parte sencilla.
Ahora lo tenían delante. Y se estaba moviendo.
Con el sonido de una mole rozando la piedra, haciendo que el suelo vibrase ligeramente, y que algo de gravilla cayese del techo, Guiverno de Wye se irguió con parsimonia, desenredando su cuerpo. La cola se apartó a un lado, y también su ala, quedando fuera de su vista. Se estaba girando para quedar de cara a ellos. El movimiento hizo que notasen una oleada de viento en el rostro, a pesar de su lentitud.
Su largo cuello, y su gigantesca cabeza, de seis metros de largo, quedaron a la luz. Su piel era irregular, escamosa, dura y seca como la de un cocodrilo. Su morro alargado, con algunas púas asomando en su barbilla, y sobre su cabeza. Creando una extraña armonía con su aspecto de reptil. Una apariencia casi aerodinámica. Sus narinas anormalmente grandes se ampliaron de forma fugaz, como si los estuviera olfateando. Sus ojos eran gigantescos, aunque pequeños en comparación con su cabeza. Y blancos como la leche.
Era ciego.
Harry sintió que Ron se pegaba a su hombro. Temblando. Pero no retrocedió. Él, desde luego, estaba completamente clavado en su lugar, e imaginó que su amigo también.
—Harry Potter... —aquella áspera y profunda voz retumbó en su cabeza. Pero la boca del dragón no se abrió en absoluto—. Por fin nos encontramos...
Ahora generaba frases completas y juiciosas. Era como si la comunicación entre ellos se hubiera restablecido por fin. Los kilómetros de distancia que los separaban parecían haberla dificultado todo ese tiempo.
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Rosa y Espada
RomanceDraco Malfoy, ante la prolongada ausencia de la profesora de Runas Antiguas, se dedica a revolucionar la clase a sus anchas con ayuda de sus colegas, impidiendo estudiar. Hermione Granger, alumna responsable y aplicada, no piensa quedarse de brazos...
