47 | El Valle de Godric

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—Están aquí, mi señor.

Severus Snape se mantuvo en el marco de la puerta, con ambas manos tras la espalda, sin adentrarse en la habitación. Su rostro, cetrino, no demostraba ningún tipo de terror. Solo respeto.

Voldemort giró el cuerpo sin moverse del sitio. La negra túnica que cubría su cuerpo giró con él, descubriendo sus blancos y desnudos pies. Se encontraba junto a una de las estanterías del antiguo despacho de Albus Dumbledore, observando su contenido. A apenas un metro de él, una chimenea ardía fervientemente, con la luz de las llamas como única iluminación del despacho esa noche. La luz de la luna no se veía entre las nubes.

—Gracias, Severus. Que pasen.

El profesor realizó una leve inclinación, y se disponía a abandonar la habitación cuando Voldemort volvió a hablar.

—¿Cómo está Jugson, Severus? ¿Y los demás? ¿Se han recuperado de sus heridas?

Snape se detuvo y vaciló un instante antes de girarse para volver a mirar a su amo a los ojos. Su rostro era impenetrable.

—Jugson sigue vivo, mi señor, pero no sé por cuánto tiempo. Y tampoco sé si un mortífago ciego puede serle útil... El resto se recuperarán, pero él fue el que peor parado salió de vuestra escaramuza con ese dragón.

Voldemort dejó escapar algo parecido a un profundo suspiro por sus verticales fosas nasales. Tras reflexionar unos segundos, durante los cuales a Snape ni se le pasó por la cabeza decir nada, comentó, como quien habla del resultado de un partido de Quidditch:

—En efecto, así no me sirve. No tiene sentido mantenerlo vivo. Acabad con él. De forma rápida. Evitémosle más sufrimiento —se giró de nuevo hacia la estantería—. ¿A qué escuadrón pertenecía?

—Escuadrón Ónix, mi señor. Rowle es su sargento.

—Ordena a Rowle que le presente mis respetos a su viuda.

—Así se hará, mi señor —aseguró Snape, bajando el tono de voz. Solo un poco.

—Retírate, Severus.

El aludido volvió a realizar una ceremoniosa inclinación e hizo ademán de salir de la habitación, pero la voz de su señor lo detuvo de nuevo.

—Severus, pensándolo mejor... Tráeme a Jugson. Ahora.

El hombre vaciló un instante. Y después se limitó a abandonar la habitación con paso decidido. Voldemort siguió contemplando la estantería. Observaba atentamente el viejo sombrero arrugado y ajado que se encontraba en lo alto. Estaba sucio, y lleno de remiendos. Los fríos ojos rojos de Voldemort apenas parpadearon al ver que la grieta que correspondía a la boca comenzaba a moverse lentamente por voluntad propia.

—He tenido dudas con muchísimos alumnos. Me atrevería a decir que con todos ellos. Pero contigo fue muy fácil —pronunció el Sombrero Seleccionador con voz profunda—. No podías haber encajado en ninguna otra Casa. Si hubiera sido por mí, tampoco te hubiera colocado en Slytherin. Simplemente te hubiera expulsado de este castillo para siempre.

La boca sin labios de Lord Voldemort se curvó en una mueca parecida a una sonrisa. Su lengua bífida asomó entre sus labios cuando dejó escapar un sonido parecido a una carcajada. Elevó una mano blanca de afiladas uñas y tomó el sombrero por una de las solapas, bajándolo de la estantería. Sin ningún tipo de ceremonia ni vacilación, lo arrojó a la chimenea, envolviéndolo en una nube de ceniza y fuego repentinamente más vivo. Las llamas brillaron en sus alargadas pupilas, dilatadas de satisfacción.

—Ya no haces ninguna falta. No habrá más Casas en Hogwarts, nunca más.

Escuchó un sonido ahogado tras él. Elevó la cabeza ligeramente y se giró con lentitud.

Rosa y EspadaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora