56 | Los juicios del Wizengamot

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La Madriguera estaba fría. Eso fue lo primero que notaron los Weasley, Harry y Hermione cuando estuvieron en el interior. Todas las lámparas estaban apagadas, pero la luz del sol se colaba por las cristaleras de las desiguales ventanas. El polvo flotaba entre los rayos de sol. Era mediodía.

Molly, tras salir de las repentinas llamas verdes que se alzaron en la chimenea, se quedó parada en el centro del salón, con las manos en las caderas. Contemplándolo todo.

—Parece que está todo en su sitio —musitó para sí misma, mientras, a sus espaldas, la chimenea emitía otro fogonazo verdoso, y Arthur salía de las llamas—. Hay que limpiar, por supuesto, pero eso puede esperar...

—Desde luego que sí —corroboró su marido, también recorriendo la estancia con la mirada. Acercándose después unos pasos perezosos hasta una de las desordenadas estanterías llenas de libros. Mientras Ginny salía de la chimenea.

—¿Preparo algo de comer, o preferís dormir? —cuestionó Molly, echando un vistazo al exterior por la ventana. Limpiando el polvo acumulado en el cristal con la manga de su túnica—. Qué barbaridad, el jardín está hecho un desastre... —añadió para sí. Mientras Harry salía de la chimenea con otro fogonazo, y echaba la misma nostálgica mirada en derredor que echaban todos.

Hacía casi tres años que no pisaban ese lugar. Con el comienzo de la guerra, y sabiendo que eran unos claros objetivos, los Weasley se mudaron en secreto a Grimmauld Place, abandonando su casa. Pero la guerra había terminado, y podían recuperar su vida.

Era pasado el mediodía. Se habían quedado en Hogwarts hasta bastantes horas después de que la batalla hubiera finalizado. Terminando de sanar sus heridas, principalmente. Nadie podía salir intacto de una batalla así, pero la gran mayoría de sus lesiones habían podido ser tratadas casi por completo. Arthur había recibido una maldición algo peliaguda, pero ya se encontraba recompuesto. Solo se fatigaba si estaba mucho rato en pie. Y llevaba una bolsa en la mano con casi diez pociones diferentes que debería tomar en los próximos días. Necesitaba reposo, aunque no parecía por la labor de obedecer. Ginny tenía su largo cabello recogido en lo alto de la cabeza, y un halo de luz le rodeaba el cuello. Un collarín mágico. Sus cervicales precisaban cierta estabilidad por unos días, debido a un fuerte golpe.

Hermione fue la siguiente en salir de la chimenea. Mirando también a su alrededor. Algo extrañada al no percibir el olor habitual de ese lugar. No olía de forma cálida. Olía a abandono. Pero todo lo que veía se le hacía familiar. Y le hizo sentir que no había pasado el tiempo. Se sentía casi sobrenatural estar rodeados de pronto de semejante silencio. Semejante paz.

También habían dedicado algunas horas tras el final de la batalla a intentar ayudar en las ocupaciones del castillo. Organizando algunas tareas urgentes. Ayudando con los destrozos. Atendiendo heridos. Aprovechando las últimas energías de sus cuerpos. Pero, finalmente, habían acordado que necesitaban descansar. Muchos de los combatientes de la noche ya se habían ido también de regreso a sus hogares. No habían dormido ni comido nada en muchas, muchas horas. Hogwarts no estaba en ese momento en condiciones de ofrecer comida ni descanso a nadie. Y la familia Weasley, incluyendo a Harry y Hermione con ellos, decidió que era hora de regresar a su casa. Grimmauld Place, y cualquiera de los otros refugios, serían un caótico hervidero. Y decidieron que volver a La Madriguera, a pesar de su estado de abandono, sería la mejor alternativa. Les serviría para recuperar las fuerzas. Habían peleado toda la noche. Se lo merecían.

—No dejamos nada de comida, creo recordar —apuntó Ginny, sentándose en el brazo de uno de los sillones. Viendo cómo Ron atravesaba la chimenea. Y fue el único que ni siquiera miró alrededor. Se limitó a alejarse varios pasos de la chimenea, dejando espacio para el siguiente. Con rostro ensombrecido. Casi huraño.

Rosa y EspadaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora