Harry y Ron aguardaban pacientemente junto a la puerta del aula once, situada en la planta baja del castillo. Esperando a que todos los alumnos de Hufflepuff que cursaban Adivinación en cuarto curso salieran por ella. Una vez que pasaron varios segundos sin que nadie cruzase la puerta, decidieron adentrarse.
Tal y como esperaban, no los recibió la habitual visión de cientos de pupitres y una pizarra al fondo, sino el claro de un bosque bajo un oscuro cielo estrellado. El suelo estaba cubierto de musgo, tocones de árboles y piedras. Los árboles se extendían, frondosos, hacia lo alto, creando un vistoso abanico de ramas.
El centauro Firenze, profesor de Adivinación, se encontraba en medio del claro, mirando hacia la puerta.
—Harry Potter —lo saludó, con una inclinación de su rubia cabeza—. Ron Weasley. ¿Qué puedo hacer por vosotros?
Los muchachos sonrieron con cautela y se acercaron, sorteando los árboles. Ron parecía algo sorprendido de que también lo hubiera saludado. Como si no creyese que fuera a reconocerlo, a pesar de haber sido alumno suyo mientras la profesora Trelawney estuvo suspendida en su quinto año.
—Lamentamos molestarte —saludó Harry en voz baja, cuando estuvieron frente a frente—. Pero me gustaría... pedirte ayuda. Bueno... preguntarte algo.
Frunció los labios, apurado. Con el corazón acelerado. Por mucho que habían planeado esa conversación, al estar frente a los ojos increíblemente azules del sereno centauro, sintió que no estaba preparado para ello. Que iba a meter la pata inevitablemente.
—Y será un placer para mí que lo hagas —aseguró Firenze. Sin parpadear. Sin inmutarse—. Intuyo que no tiene nada que ver con la Adivinación.
Harry esbozó una tímida sonrisa de disculpa.
—En realidad, no. Es un... asunto privado. Y complicado —murmuró. Se permitió tomarse su tiempo para pronunciar las palabras adecuadas—. Necesito preguntarte algo, pero no puedo explicarte por qué. Por... seguridad.
Lo habían decidido así. Ron, Hermione, Ginny y él. No hablarían con nadie más de la voz que atormentaba a Harry. No sabían en quién podían confiar. Ni sabían quién podía estar escuchando.
—Comprendo —aseguró el centauro. Sin mostrarse sorprendido—. Adelante, pues. Dime lo que puedas.
—¿Sabes si los, eh... centauros están bien? —cuestionó Harry, tras tragar saliva. Ron, a su lado, se removió, nervioso. Firenze ladeó casi imperceptiblemente la cabeza—. ¿Si todo va bien en el Bosque Prohibido? ¿Si... necesitan mi ayuda para algo?
Se sintió algo estúpido al formular esas preguntas, sabiendo que su interlocutor no poseía contexto previo. Pero Firenze no se mostró extrañado.
—Los centauros, hasta donde llegan mis conocimientos, están bien —respondió, con voz serena—. Nada perturba el Bosque Prohibido estos días. Y no necesitan más ayuda tuya que la que el mundo mágico en general necesita, siendo el ascenso de Quien-No-Debe-Ser-Nombrado un hecho palpable.
Harry sonrió de forma tirante. Creyó que el peso que tenía en el estómago se aflojaría si obtenía esa respuesta, pero no lo hizo.
—Entiendo —dejó caer la cabeza, mirándose los pies. Sus ojos se perdieron en el blando musgo—. ¿Hay alguna forma de pararlo? —preguntó, casi sin pensar, volviendo a alzar la cabeza—. La guerra. Su poder. ¿Podemos evitarlo o es demasiado tarde?
—No es demasiado tarde, porque nunca ha podido evitarse —respondió Firenze—. La guerra se avecina, Harry Potter.
—¿Lo has visto en las estrellas? —preguntó Ron, abriendo la boca por primera vez. Firenze lo miró y él se encogió ligeramente.
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Rosa y Espada
RomansaDraco Malfoy, ante la prolongada ausencia de la profesora de Runas Antiguas, se dedica a revolucionar la clase a sus anchas con ayuda de sus colegas, impidiendo estudiar. Hermione Granger, alumna responsable y aplicada, no piensa quedarse de brazos...
