74

63 8 1
                                        

Al principio, Jimin pensó que Yoongi solo se había retirado a meditar, a veces lo hacía, especialmente cuando la energía del templo se volvía pesada o cuando Sael desataba un nuevo poder por accidente. Pero las horas pasaron, luego los días y Yoongi no regresó; no hubo una explosión, no hubo advertencia; solo un instante estaba allí... y al siguiente, ya no.

Jimin lo buscó por cada rincón del templo, lo llamó desde los techos, frente al altar, incluso bajó al estanque subterráneo. Nada; Sael, con solo cinco años, también lo notó, pero no preguntó al principio. Se sentaba en los rincones donde su padre solía aparecer, lo esperaba en silencio, con una piedrita en la mano o un dibujo incompleto en el suelo.

—¿Dónde está? —fue lo único que dijo al tercer día.

Jimin no supo qué responder, miró al niño, tan parecido a Yoongi en sus gestos, con esos ojos grises llenos de preguntas, y no pudo mentirle.

—No lo sé, Sael.

—¿Se fue... porque no nos quiere?

La pregunta lo atravesó como un cuchillo.

—No digas eso. —susurró, arrodillándose frente a él. —Tu papá... él te amaba más que a nada.

—¿Y por qué se fue sin decir nada? —la voz del niño temblaba, pero no lloraba.

Como si ya supiera que llorar no haría que volviera, Jimin no tenía respuestas, porque él también lo creía. En su corazón, aunque se resistía a admitirlo, se había formado una grieta cruel: la idea de que Yoongi había elegido partir. Que el vínculo se había roto, que lo habían dejado atrás.

Las noches se hicieron largas, los juegos cesaron y Sael dejó de reír con la misma ligereza. El templo, antes tibio y lleno de vida, empezó a sentirse demasiado grande, demasiado silencioso. El aire olía distinto; como si el amor hubiera sido retirado de las piedras y Jimin lloraba solo, a escondidas, para no asustar al niño.

—¿Por qué no nos dijo nada? —susurraba, abrazando la manta que aún guardaba la forma de Yoongi. —¿Por qué?

Y Sael, desde su rincón, a veces lo escuchaba, no decía nada, solo acariciaba el collar que Yoongi le había tejido con hilos de luz. Era lo único que quedaba, los días pasaron, Sael dejó de preguntar. Jimin dejó de buscar, ambos comenzaron a vivir con ese vacío cómo se vive con una cicatriz: sin tocarla demasiado, pero siempre presente. A veces, cuando el viento cruzaba el templo y movía una vela o una hoja, Jimin volvía el rostro con esperanza... solo para sentirse tonto.

Nunca volvía a ser Yoongi y en la mente de ambos, aunque ninguno lo decía en voz alta, se formó la misma palabra, como una condena compartida:

Abandono, pero lejos de allí... En otro plano, en un hospital desconocido, Yoongi yacía inmóvil, envuelto en cables, con el rostro en paz y la conciencia atrapada, sin saber que los suyos lo lloraban como si ya hubiera cruzado la otra línea.

Ghost: Zero o'clock [Y.M][✓]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora