73

63 11 1
                                        

Los años no pasaban igual dentro del templo, el tiempo, allí, no era una línea, sino un círculo que se plegaba sobre sí mismo. El sol no siempre salía, la luna a veces se repetía dos veces por semana, y el cuerpo de Jimin sanó más rápido de lo que debería... como si el lugar mismo lo envolviera para conservarlo.

Sael creció entre susurros y luz a los tres meses, ya sostenía la mirada con una gravedad imposible para un bebé a los seis, empezó a imitar los movimientos de Yoongi, persiguiendo su sombra como si pudiera tocarla. Caminó al año, sin caídas, sin dudas, el templo entero parecía protegerlo: las losas no eran frías bajo sus pies, las esquinas nunca le lastimaban, y cada planta que crecía cerca de él florecía en silencio.

—Él... no es del todo niño. —susurró Jimin una noche, mientras observaban a Sael dormir sobre el altar, cubierto con una manta tejida con hebras de luna. —¿Verdad?

—Es más que humano. —respondió Yoongi, sentado a su lado. —Pero aún necesita amor, juegos, aprendizaje, necesita... infancia.

Y Jimin se la dio, le enseñó a reír a nombrar las cosas a distinguir entre los pájaros del bosque interior y los ecos de los entes que a veces aparecían en el borde del templo. Le enseñó a reconocer las emociones, a canalizar el fuego extraño que brotaba de sus manos cuando sentía miedo. Porque sí, Sael podía ver a los muertos a veces se acercaban a él, no con malicia, sino como si supieran que podían descansar solo con ser tocados por su presencia.

—¿Quiénes son, appa? —preguntaba el niño, con voz suave, ojos grises grandes como lunas. —¿Por qué lloran?

—Porque se quedaron solos. —respondía Jimin, acariciando su cabello plateado. —Pero tú les haces compañía.

—¿Cómo tú hiciste con papá Yoongi?

Jimin sonreía y su corazón se apretaba un poco, porque a veces, Sael hablaba como si supiera todo lo que ocurrió antes de nacer, como si recordara cosas imposibles, cuando cumplió cinco años, la anciana se despidió.

—Ya no me necesita. —dijo, dejando una esfera de obsidiana en manos de Jimin. —El niño ya tiene raíces, ahora florecerá solo.

Y así fue, Sael floreció, con risas, palabras antiguas y gestos que ningún humano común poseía a veces, al dormir, flotaba algunos centímetros sobre el suelo o hablaba con seres que ni siquiera Yoongi podía ver, no tenía miedo. Ni rencor, pero sí una profunda melancolía que aparecía en sus ojos cuando llovía.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó una vez. —¿Nací para algo triste?

Jimin se arrodilló frente a él, tomándolo entre sus brazos.

—No naciste para algo triste, Sael, naciste para algo inmenso y lo inmenso no siempre es triste.

Yoongi miraba esa escena desde su rincón, como siempre, más sólido ahora, más real, el niño lo hacía más presente, como si él mismo estuviera siendo recordado por la existencia de su hijo.

Y así pasaron los días, entre libros que flotaban, símbolos que se encendían solos cuando Sael reía, y flores que crecían donde él pisaba descalzo. El templo era un hogar, un refugio, una frontera, pero en el horizonte invisible del otro mundo, algo despertaba, los Oscuros habían esperado. Dormido y ahora... el niño había crecido lo suficiente, el velo volvería a temblar.

Ghost: Zero o'clock [Y.M][✓]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora