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Jimin dejaba escapar suaves gemidos con cada movimiento del pálido ser sobre él, su cuerpo entregado a aquella conexión imposible. Sus labios se buscaban con desesperación, como si en cada beso pudieran demostrarse que, a pesar de sus diferencias, lo que sentían era real, era innegable. No importaba que pertenecieran a mundos distintos; en ese instante, solo existía el amor que los envolvía.

Yoongi descendió por su cuello, depositando besos ardientes que dejaban un rastro de marcas, pruebas silenciosas de su entrega.

—Yoongi... —susurró Jimin, su voz quebrándose entre el placer y la emoción.

—Lo sé. —respondió el fantasma, su tono cargado de certeza y devoción.

Los movimientos se intensificaron, una danza silenciosa entre el deseo y la eternidad. Jimin cerró los ojos, entregándose por completo, mientras sus manos se aferraban a la espalda incorpórea de Yoongi, como si con su tacto pudiera anclarlo a su realidad, como si el amor pudiera desafiar la propia muerte.

La habitación parecía disolverse a su alrededor, envuelta en un aura irreal donde solo existían ellos dos. Jimin sentía el peso etéreo de Yoongi sobre su cuerpo, una presencia imposible pero innegablemente real. Sus caricias eran frías, pero encendían un fuego dentro de él que lo consumía por completo.

Cada roce, cada beso, era una promesa silenciosa, una lucha contra el destino que los separaba. Yoongi se aferraba a Jimin como si pudiera hacerlo suyo más allá de la carne, más allá del tiempo.

—Eres mío. —susurró Yoongi contra su piel, su voz un eco en la penumbra.

—Siempre. —murmuró Jimin, sin aliento, arqueándose bajo él, hundiéndose más en aquella entrega.

El ritmo de sus cuerpos se intensificó, fundiéndose en un vaivén donde la realidad y lo imposible se desdibujaban. Jimin se aferró con más fuerza, sus uñas dejando rastros en la espalda del fantasma, como si así pudiera evitar que se desvaneciera entre sus dedos.

Los suspiros se mezclaban con la brisa helada que recorría la habitación, Yoongi lo sostenía con devoción, como si con cada beso intentara anclar su existencia a la de Jimin, como si pudiera poseerlo de una forma en la que la muerte no pudiera arrebatárselo. Y en ese instante, en medio de aquella unión prohibida, ambos supieron que, aunque el amanecer trajera consigo el inevitable adiós, en ese momento, pertenecían el uno al otro.

La noche los envolvía en su manto de sombras y susurros, como si el tiempo se hubiese detenido solo para ellos. Jimin sentía cada caricia de Yoongi grabándose en su piel, dejando un rastro imborrable de amor y anhelo. Sus respiraciones se entrelazaban, se convertían en una sola, mientras sus cuerpos se movían al compás de un ritmo silencioso, marcado por la necesidad de aferrarse a un instante que sabían efímero.

—No me dejes. —susurró Jimin contra los labios de Yoongi, con los ojos brillantes de emoción y deseo.

El fantasma apoyó su frente contra la de él, su esencia vibrando en el aire como si su presencia pendiera de un hilo.

—Nunca lo haré. —prometió, pero incluso en sus palabras había un dejo de tristeza, una verdad inevitable que los acechaba.

A pesar de ello, no se detuvieron, se aferraron con más fuerza, como si con cada beso, con cada roce, pudieran desafiar el destino. Jimin sentía la energía de Yoongi fundiéndose con la suya, como si sus almas se tocaran en un plano desconocido, más allá del mundo terrenal.

Ghost: Zero o'clock [Y.M][✓]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora