Extra IX

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Cuando los gemelos crecieron, sus padres confirmaron quién sería el que mandara entre esos pequeños balbuceos. Con sus recién cumplidos siete meses, Renan parecía un valiente contando todas sus anécdotas no ocurridas.

Mientras tanto, Rami era más de escuchar a su hermano, a veces mordiendo su sonaja, otras veces intentando morder la mano de su gemelo, o de su propio padre.

Los llantos seguidos eran comunes, al igual que los berrinches. La llegada de los dientitos desde los cinco meses fue un tormento, la saliva aumentaba, los berrinches por las molestias en todo momento, y el que pagaba con cuerpo era Milo.

O a veces Camus, cuando los alimentaba.

Pero ambos sabían que no cambiarían por nada en el mundo el sentimiento de ver a sus cachorros crecer.

Mucho menos olvidarían a la primera personita que les otorgó el título de padres.

—¿Están seguros que quieren llevar a los gemelos?

La pregunta de Krest los hizo pensar. Sus bebés movieron las manitas, mirando a su abuelo, como si también preguntaran el tema de la conversación.

—Ba... Ba...

Renan, platicador y sonriente, mostró sus dos dientitos inferiores con orgullo, pataleando, llamando la atención.

—¿Qué pasa, campeón? —decía Milo mientras abrazaba a su pequeño—. Dile a tu abuelo que quieres venir con nosotros.

Selim, que igualmente estaba en casa de los Antares porque le gustaba estar con Krest, se acercó a ellos con su osito, frunciendo su pequeña nariz, aún en desacuerdo con sus primitos.

—Tío Milo, los bebés no hablan. —murmuró el niño con sinceridad, como si no fuera obvio—. No hablan con papi Krest.

Una risita salió de los labios de Camus, quien asintió, dándole la razón a su sobrino. Le acarició los cabellos olivas, y Selim se le acercó para abrazarlo con fuerza, mirando a Rami, quien estaba entretenido con su sonaja, como si estuviera ganando una competencia imaginaria.

—Bueno bueno, cada día más parecido a tu padre, mocoso... —dijo el alfa, sonriente—. De entrometido

—Milo...

Con el llamado de su padre, Antares solamente soltó una risa, asintiendo. Renan al escucharlo, lo imitó, soltando una carcajada infantil con esos ojitos azulados eléctricos iluminados, antes de empezar a morder su puñito con desesperación.

Sus encías eran su mayor enemigo del momento.

—Nos gustaría dejar a los gemelos, pero Camus y yo nos prometimos hacerlo cuando cumplieran los siete meses.

Por fin soltó Milo, mirando al castaño, quien asintió, entendiendo el punto de su hijo.

—Lo sé, pero... ¿Estarán bien? Los gemelos son muy pequeños aún, tendrán que cuidarlos bien, cubrirlos.

—Lo haremos, padre. También recibimos consejos del señor Mystoria, todo estará bien.

Finalmente Krest suspiró suavemente, aceptando la situación. Veía a su hijo ahora, un adulto, con su omega y sus dos bebés. No sabía cuánto tiempo había ocurrido, la nostalgia siempre le llegaba cada vez que notaba esos ojos eléctricos más maduros.

Ya no era su pequeño Antares de edad. Pero para él, como padre, siempre lo sería. Y sabía que Zaphiri pensaría lo mismo. De sus dos hijos.

Las copias de su alfa.

—Les daré un ramo de mi parte, ¿Está bien?

Logró decir el mayor, enfocando su mirada en Camus, quien tenía una sonrisa sutil mientras alimentaba a su pequeño Rami. La misma sonrisa, ahora sin cansancio, que tenía hace años al alimentar a su bebé.

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