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Pareciera que el tiempo se había detenido hace cinco años para ellos. Cuando solo eran unos adolescentes inexpertos en el amor, intentando algo nuevo, recibiendo sorpresas bien recibidas, para luego, que esa misma sorpresa, fuera la causa del gran dolor que guardan en su corazón.

Perder a su pequeño hijo fue más que un dolor. Se convirtió en una pesadilla. Una muy horrible.

Tener que volver a la preparatoria después de medio año gracias a la recaída fue un reto total: Todo lo veían sin sentido.

Perdieron a su bebé. Perdieron al pedacito de vida que era el resultado del amor de ambos. Perdieron a su único hijo.

Desde entonces, volvieron a amarse como dos niños inexpertos. Y eso eran. Un amor joven y puro.

Nunca se alejaron, nunca se culparon verbalmente, nunca se dieron por la idea de dejarse. Se unieron más, se volvieron más cercanos, sabiendo que ahora tenían un pequeño angelito en el cielo.

Al amarse como cuando eran niños significaba nada de intimidad. Volvieron a ser un apoyo incondicional para el otro.

Camus seguía ayudando a Milo con sus ciclos de rut incontrolables. Estando ahí para él en cada momento, brindándole las feromonas que ocupaba. Y Milo, Milo seguía amando a su adoración sin lugar a dudas.

Lo amaba con cada pedazo de su ser. Amaba a su omega, amaba al padre de su pequeño Tahir.

A pesar de que la intimidad en ambos desapareció por varias razones, no se dejaron de amar. Para ellos las relaciones sexuales no eran prioridad en una relación. Al principio no lo vieron como un problema, dejando ese tema de lado posiblemente por el miedo de Camus al quedar en cinta de nuevo, y perder al bebé.

Aunque, era algo imposible. Y ambos lo sabían.

Camus ya no podría tener más bebés. Su cuerpo ya no le permitía hacerlo.

Eso creó una barrera tensa en ambos. Aunque la quisieran ignorar, ahí estaba, más presente que nada. Ya no podían soñar con tener un nuevo bebé. Un ser con vida y resultado de ambos.

Extrañaban con todo su ser a su pequeño Tahir.

— Cuatro días...

Escuchaba el murmuro de su novio siempre, cada noche. No vivían juntos del todo aún, pero la mayoría de ocasiones el aguamarina se quedaba a dormir con él. No era un problema en realidad, después de todo, sus familiares ya estaban más que acostumbrados.

— Tahir solo vivió cuatro días.

La voz temblorosa de su adoración, ver esos violetas siempre hermosos, ahora vidriosos. Le dolía tanto.

El aroma de la habitación estaba entre una mezcla de vainilla con manzanilla, un aroma fuerte, dulce, pero engañador. Amargo al probar. Junto a aquel aroma a manzana dulce, un aroma llamativo.

La oscuridad solo hacia más tensión en esa habitación, solamente con la luz de la mesita de noche encendida, solo para ver el rostro de su amado omega.

— Nuestro pequeño no está sufriendo más, Camus...

Quería responder bien, pero no podía. Su voz se quebraba. La herida seguía presente, y nunca la olvidaría.

— Sabes que hicieron lo posible por él, nuestro bebé fue fuerte. —le decía, limpiando la lágrima que deslizaba sobre su mejilla, abrazándolo más a su pecho—. Soportó mucho incluso en cuatro días, Camus...

— Milo...

Antares no quería escucharlo. Conocía esa voz quebrada, conocía esa mirada vidriosa. Conocía ese aroma que amaba con su ser, en ese momento, que hacía su dolor más fuerte.

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