El sacrificio impuro

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Cuando todos en la isla señalaron a la jovencita más bella para que fuera el sacrificio, esta opuso resistencia y, desesperada, le gritó al cura y gobernador de la isla:

- ¡Yo no puedo ser el sacrificio! ¡Dígales! ¡Detenga todo esto! ¡Vamos! ¡¿Qué espera?!

El hombre, al escuchar estas palabras, frunció el ceño y entrecerró los ojos mirando amenazadoramente a la bella jovencita.

- ¡Vamos! ¡Digales! ¡Usted sabe muy bien que yo no puedo ser el sacrificio! - continuó gritando la joven, instando al hombre, quien levantó una mano para que todo el mundo guardara silencio y se levantó de su trono.

- No sé de que hablas, no veo por qué no puedas ser el sacrificio - dijo el hombre, determinando el destino de la joven y de toda la isla.

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