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Capítulo 1: Un corazón dormido

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Entramos en clase apresuradamente, ya llegábamos tarde. Rob estaba hablando con el profesor Don José Antonio Rodríguez del Castro de la Paz, y sí; nos obligaba a llamarlo así.

Nos sentamos en nuestros correspondientes sitios antes de que se diera cuenta de nuestra ausencia, y abrimos los libros por la página en la que el resto de la clase estaba leyendo.

-Señor Roberto Diez Díaz González Pelayo, siéntese al lado de la señorita Sandra Díaz Martínez Gómez Izquierdo.

-¿Con aquella chica, Don José Antonio?-Preguntó señalándome.

-Sí.

Rob echó a andar hacia mi sitio. No había tenido compañero hasta ese día, y antes de darme cuenta estaba asociando los problemas a ese chico.

A mitad de camino, el profesor le llamó, él se dio la vuelta.

-Señor Roberto Diez Díaz González Pelayo.

-¿Sí?-Contestó.

-Me llamo José Antonio Del Castro Rodríguez De La Paz, no José Antonio. Más le vale que vaya aprendiendo las normas de clase y haciendo el trabajo atrasado.

-Como usted diga señor.

Y siguió su camino hacia mi mesa.

Cuando llegó, y se sentó a mi lado, le susurré al oído:

-Como sigas así, la llevas clara. Ya te ha cogido manía-. Me reí.

-¿Por qué?

- Por llamarlo simplemente por su nombre, la verdad es que este profesor es demasiado estricto.

- Sí, me he dado cuenta. Creo, sinceramente, que se pasa un poco.

- Cierto.

- ¡¡¡Roberto, Sandra!!!  A dirección inmediatamente-. Voceó el profesor.

-Genial-. Susurré. -Ahora nos tiene manía a los dos.

-¿Todavía seguís hablando? ¡Increíble, me parece increíble! Sandra, no te dejes influenciar por el nuevo, tú eres una buena chica-. Don José Antonio seguía con la misma postura tensa e irritante.

-Señor, ha sido mi culpa, él no ha hecho nada-. Intenté solucionar.

-No le haga caso profesor, su expediente es demasiado perfecto e impecable-. Rió con una voz grave y ronca. -Ha sido mi culpa.

-¡Largo!-Gritó con el rostro rojo.

Salimos apresuradamente por la puerta y el profesor la cerró de un estruendoso portazo tras nosotros.

Desde el pasillo podíamos oír los comentarios y cuchicheos en el interior de la clase, los cuales todos tenían algo en común, cada uno de ellos tenía un mismo núcleo: Roberto y yo.

Bajamos en silencio las escaleras hasta llegar a la planta baja, justo donde se encontraba el aula de castigo, o como muchos la llamaban, "la clase de la hora libre."

No había nadie, así que nos sentamos en una mesa, uno justo en frente del otro, y nos quedamos allí, mirándonos a los ojos.

-Creo que vamos a tener mucho tiempo para conocernos-. Dijo. Sonrió, y mi corazón dio un vuelco que hizo que mi pulso saltara por los aires.

No me había fijado, pero tenía unos labios rosados y gruesos, que lograban distraerme de toda palabra.

-Sí, eso parece-. Logré decir.

Me miró aún más intensamente, engullendo cada mota de color de mis ojos.

-¿Cuántos años tienes, Sandra?

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora