Cuando llegué donde Jess y Ramírez se encontraban, agarré a mi amiga de la mano, y con fuerza la arrastré hasta estar a mi lado.
Ramírez pidió que la siguiéramos. Caminamos hasta llegar a un coche negro, con los cristales tintados.
-Ramírez, por favor, llévanos al velatorio de Rob-. Fueron las palabras más dolorosas que creí haber pronunciado jamás.
Le dije, que en realidad ya no me quedaba nada por lo que seguir luchando, así que, decidí, seguir intentando descubrir para qué servía el medallón, era una estupidez. Ella, se negó rotundamente a abandonar la misión. Nos dijo que nos tranquilizáramos, que le hiciéramos caso, y todo se solucionaría.
Miré a Jess. Las dos estábamos compungidas. Tenía los ojos hinchados de una manera exagerada. Miraba por la ventana, como si pudiera ver más allá del exterior, pero en realidad yo sabía que no estaba viendo nada. Que estaba sumida en una burbuja de tristeza, incredulidad, y dolor. Mucho dolor.
Ramírez nos llevó a la biblioteca municipal, bajamos del coche, y con expresión seria, pero con un brillo de nerviosismo en sus ojos, ordenó que la siguiéramos.
Rebuscó en un amasijo de llaves la indicada para entrar. La introdujo en la cerradura, y un suave "clic" nos indicó que la puerta ya estaba abierta.
Entramos tras ella. Sabía de sobra que la tristeza que nos inundaba tardaría en disiparse. Era como una espesa niebla que no nos dejaba ver.
Al final, el tiempo se lo llevaría todo, el dolor y los recuerdos, pero lo que intentaría que no se llevara, a lo que más me aferraría, sería a eso, a los recuerdos.
Los pilares de la existencia de algo, el seguro de no ser olvidado. Mantendría vivo a Rob en mi recuerdo. Lo haría, por él, por mí, por lo que podría haber sido. De una persona que jamás me falló, sin embargo, yo a él sí que lo había fallado.
Le había prometido salvarlo a tiempo, le había prometido buscar la solución a su profundo sueño, de ese del que no consiguió deshacerse y despertar.
Cuando estuvimos dentro de la pequeñita sala principal, cerró la puerta de nuevo con llave. La seguimos por un pasillo de viejas enciclopedias, novelas de terror, historias infantiles y famosas obras de teatro.
Llegamos hasta el fondo del pasillo, y giró bruscamente a la izquierda. Movió una estantería que parecía pesar una tonelada, pero que no tuvo problema en apartar. Detrás de aquel armatoste de madera, se encontraba una pequeñita puerta oculta. Sacó una llave dorada de uno de sus bolsillos, y abrió la misteriosa puerta con aire tenebroso. Nos dejó pasar primero, después entró ella, y volvió a cerrar la puerta con la brillante llave.
Miré a mi alrededor. Nos encontrábamos en un pasillo tan oscuro, que parecía la boca del lobo. La infinita oscuridad nos sumía. Podía tocar las dos paredes de los lados, frías y rocosas, con la punta de mis dedos, pero si me giraba, e intentaba tocar las otras dos paredes que formarían un cuadrado, no había más que aire y oscuridad. No había más que la nada. Absolutamente, nada.
Ramírez presionó, lo que creí ser, un pequeño interruptor, que accionó una serie de bombillas a lo largo de todo el pasillo. Una luz amarilla casi anaranjada iluminaba el estrecho corredor.
Varios cuadros adornaban los muros. Me fijé en uno de ellos. Un montón de ángeles bajaban del cielo y luchaban contra ángeles negros -demonios, deduje- que salían de las profundidades de la tierra.
Caminábamos sobre una alfombra roja raída. En otro de los cuadros, se iluminaba a un ángel de expresión enfurecida, con unas alas blancas y puras, extendidas tras su espalda.
ESTÁS LEYENDO
Besos de terciopelo
FantasyAtrapada en una guerra entre corazón y lógica, observa su devastador e inevitable futuro. Un ángel y un lobo. Se debate entre el amor de dos seres fantásticos, y la supervivencia de la humanidad. La traición, el peligro, las mentiras, los secretos...
