Capítulo 52: Bailes descontrolados

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-Quién eres-. Exigió saber con voz ronca y amenazante.

Sus facciones estaban relajadas, pero en lo más profundo de sus verdes ojos, observé la sorpresa, el miedo y la agresividad que intentaba esconder.

Había visto sus alas, de un color tan claro que era imposible que fuera un ángel enviado por Gabriel, uno de Ellos: de los Oscuros, ya que Ellos tenían unas alas pequeñas y negras.

Puse mis manos sobre su pecho y creí notar un rápido estremecimiento por su parte, pero cuando lo empujé lejos de mí apretó más su espada contra mi garganta.

Si era de los nuestros, ¿qué era lo que le llevaba a ser tan sumamente agresivo?

Pensé con agilidad, y le golpeé con rapidez en el estómago con mi rodilla, haciendo que se doblara sobre sí mismo y me soltara. Aproveché para escabullirme, y coger una daga de plata que guardaba en uno de los bolsillos traseros de su pantalón. Me alejé unos pasos y adopté una postura defensiva.

-No hace falta que me digas quién eres tú -dije mientras el muchacho volvía a incorporarse- porque sé que eres de los míos. Lo que no sé es qué haces aquí.

Dio un paso en mi dirección despreocupado, con una sonrisa socarrona en los labios. Como si yo -su oponente- no fuera más que un insecto molesto y entrometido.

Cogió su espada del suelo, y me miró con aire de superioridad.

-¿A caso quieres luchar, humana? -Pronunció la última palabra con asco, como si fuese despreciable.

No sabía cuantas oportunidades tendría de luchar contra aquella masa de músculos y salir victoriosa, pero la adrenalina se disparó en mi organismo, y empezó a picarme la nariz, como me pasaba cada vez que me encontraba ante una citación peligrosa y sentía que estaba a punto de cometer una grandísima estupidez.

-Que no tenga alas no significa que sea humana, cateto-. Escupí. ¿Quién se creía que era para hacerme sentir inferior?

Se abalanzó sobre mí intentando encajar un puñetazo en mi mandíbula. Lo esquivé sin ningún problema. Llevaba tiempo entrenando y luchando en los campos de simulación, y no se me había dado nada mal.

Rodé por el suelo y me incorporé de un salto. Él volvió a agitar su espada hacia mi estómago, pero una vez más, esquivé el ataque sin esfuerzo.
Sonreí desafiante.

-¿Es todo lo que sabes hacer, angelito? -Dije divertida.

Vi la rabia en sus ojos.
Volvió a mover la espada hacia mi cara, pero aunque doblé mi espalda hacia atrás como si me convirtiese en un puente, esta vez no fui tan rápida y el frío filo de metal tocó mi mejilla cortándola y haciéndome caer al suelo. Sentí un fino hilillo caliente correr por mi rostro hasta mi barbilla.

Sangre.
Estás sangrando.

Rodé de nuevo como si fuera una croqueta por la tierra húmeda y volví a incorporarme de un salto.
Esta vez fui yo quien atacó primero.

Aproveché toda la rapidez de la que gozaba, y antes de que Don Musculitos pudiera esquivarme, clavé mi puñal en su hombro. Dio un alarido de dolor y yo saqué el arma con ira una vez hube atravesado sus músculos. Volvió a gritar, y a su vez cayó de rodillas. Las aletas de su nariz se ensanchaban con rapidez.

Me miró, se levantó y corrió hacia mí empotrándome contra el tronco de un árbol con la punta de su espada en mi estómago.
No había podido esquivarlo, y ahora sentía el metal apretar y atravesar mi piel sumamente despacio, mientras él me agarraba por el cuello y me mantenía inmóvil contra el tronco.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora