Capítulo 26: Cuento de hadas

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Desperté lentamente, escuchando el canto de los pájaros por el bosque. Sinceramente, no tenía ni idea de qué hora era, de si acababa de amanecer, o de si ya era medio día.

Me estiré y desperecé, y vi que Amelia y Rob dormían plácidamente a mi lado.

Me levanté con sigilo para no despertarlos y caminé hasta la cocina.

Cerré la puerta de la habitación y me puse a rebuscar entre los cajones y estanterías intentando encontrar algo que llevarme a la boca para desayunar.
Mi gozo en un pozo; no encontré nada. Decidí esperar a que o Rob o Amelia se levantaran, por si lo habían guardado en otro sitio.

El fuego se había apagado durante la noche, y a pesar de que el ambiente olía ligeramente a humo y madera quemada, la casa se había enfriado. Los rayos de sol entraban a través de los cristales de las ventanas, acompañados de los melodiosos cánticos de los pájaros que me habían despertado.

Me puse los zapatos de deporte, aunque esta vez sin calcetines, ya que los había calcinado, y salí a buscar madera para encender el fuego de la pequeña sala de estar.

Era extraño. Me sentía ridícula y disfrazada andando por el bosque con aquel vestido tan largo, -y tan bonito,- que había pertenecido a la madre de Rob; mi Rob.

Según iba caminando, iba encontrando pequeñas ramitas que cogía y sujetaba bajo el brazo. Me sentía extraña, sí, pero a la vez, llena de paz. Estaba en el sitio en el que tenía que estar. El bosque era mi hogar, mi refugio, y el protagonista de todos mis sueños y pesadillas. Sentí unas ganas insaciables de darme un baño en el río que Amelia había mencionado, así que cuando regresé a la cabaña, rebusqué en el baúl de los vestidos para intentar encontrar alguna prenda con la que poder bañarme. Había decidido que el vestido que llevaba era demasiado bonito y delicado para fastidiarlo.

Encontré un finísimo vestido de algodón. Era de tirantes, y me llegaba por encima de las rodillas. Imaginé, que en aquella época, habría sido algún tipo de camisón o delantal, ya que no estaba bien visto enseñar las piernas. Era liso, sin estampados, y de un color azul cielo, que me encantaba. Me puse la fina tela sobre el hombro, y sobre un cachito de papel escribí una nota para Rob.

Estoy en el lago, regresaré antes de que despiertes.

Sandra.

Posé el fino papel sobre la butaca de cuero, y cogí una de las pastillas de jabón de rosas que Amelia hacía, después de eso, salí de la casa, y caminé hasta encontrar la corriente de aguas cristalinas y heladas.

Estaba oculta por unos floridos setos, y lo que mis ojos veían, podía haber salido perfectamente de un cuento de hadas. Una cascada caía formando una cortina de agua pulverizada atravesada por un pequeño arco iris. Pequeños pajaritos con plumas extravagantemente coloridas sobrevolaban el lago, rasgando con sus alas la superficie azulada.

Alrededor de dichas aguas, crecían despreocupados varios grupos de flores exóticas, que perfumaban el entorno de mil olores maravillosos.

Me desvestí despacio, deleitando mis sentidos con todo aquello que me rodeaba. Me enfundé en aquella pequeña prenda que había cogido de la cabaña, y fui adentrándome poco a poco en el agua.

El frescor de aquel líquido puro, me invitaba a adentrarme más y más en sus profundidades. Dejé que mis músculos se relajaran haciéndome flotar por la superficie; sintiéndome arrastrar lentamente por las tenues corrientes que la cascada formaba, inspirando y espirando lentamente el oxigeno, y cerrando los ojos mientras me inundaba de paz.

Nadé hasta sentir agotado mi cuerpo. Después, tomé la pastilla de jabón, y limpié mi piel dejándola impregnada de una fragancia exquisita.

Al salir del agua mi pelo empapado, se pegaba a mi cuello y mi rostro, mientras que de mis pestañas caían pequeñas gotas cristalinas.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora