Capítulo 8: Un secreto que no necesitaba saber

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Me puse las zapatillas y me envolví con gusto en mi suave bata. Salí en silencio de la acogedora sala, y anduve parsimoniosamente hasta la cocina.

Me dediqué durante un considerable tiempo a mojar galletas de chocolate en un tazón con leche bien fría.

Me quedé pensativa mirando una mosca que volaba alrededor de mis galletas. Cuando se posó, cogí el matamoscas y me deshice del molesto problema.

Pobre e ingenua mosca, -pensé- en un segundo estas vivo, y al siguiente no. Así es la vida, para todos. Nunca sabes cuándo puede ser el último momento.

Mi ensimismamiento se esfumó cuando escuché las tablas del suelo de la salita crujir. Poco después, vi aparecer por la puerta el somnoliento rostro de Rob. Bostezó y se estiró con la elegancia de un felino.

Llevaba un pantalón vaquero que se le ajustaba a la perfección en su cadera. Unas botas marrones y una camisa de leñador por la que asomaba una camiseta básica negra debajo. Tan simple, sin ataduras, sencillo, me resultó casi irresistible. Una sonrisa tonta se asomó en mis labios, pero la deshice al instante.

¡Sandra! -me gritaba mi yo coherente- ¿¡Qué haces?! ¡Es solo un tío!

Cierto, ¿qué narices estaba haciendo? Ahora no. Me negaba a perder el culo en una situación así por nadie. Un segundo, ¿qué tonterías estaba diciendo? Si ya lo hacía; ya perdía el culo por él. Ya estaba loca y perdidamente enamorada de él. Ya no había retorno, ya no.

-¿Qué haces ya levantada? Es muy temprano-. Su voz ronca se deslizó entre las greñas de mi despeinado pelo, adentrándose en mi cabeza, haciendo sonreír a mi subconsciente.

-No podía dormir más. Tú deberías descansar un rato más, Rob. Has dormido menos que yo.

-Son las siete y media. Una buena hora para empezar el día-. Dijo explicándose.

-¿¡Tan pronto?! -Me quejé. Resoplé. -¿Y dónde vas a ir tan pronto, Rob?

-No me voy a ningún sitio. No podía dormir y pensé que salir a despejarme me vendría bien-. Las facciones de su rostro se tensaron de repente.

No supe qué decir, simplemente guardé silencio. Un mal presentimiento recorrió mi espalda erizándome la piel.

-¿Te pasa algo? -Preguntó Rob acercándose un par de pasos.

-No. Sal a tomar el aire si es lo que quieres, pero ten cuidado, Rob.

-¿Cuidado? -Rió- No va a pasarme nada, solo voy a salir al porche.

-Lo sé.- Dije concentrada en mi tazón de leche.

Me miró con una mueca de dolor y preocupación en los labios. Los dos sabíamos de sobra que me estaba mintiendo. ¿Por qué? Ni idea.

Se fue, y no volví a verlo hasta el anochecer. Estaba preocupada, pero él sabría. Ya era mayorcito para cuidarse solo.

Me di una ducha relajante, y me preparé una sopa de pollo bien caliente. Encendí el fuego, y me senté en un sillón frente a él, con una revista de moda, y mi cuenco de sopa.

Me sobresalté cuando Rob entró por la puerta como un elefante en una cacharrería, y después la cerró de golpe. No daba crédito. Parecía temeroso, nervioso, ansioso. Se descalzó, tirando los zapatos uno para cada lado, y anduvo hasta la habitación que hacía de sala de estar y dormitorio.

Se acercó al fuego y se quitó la camisa y la camiseta negra que llevaba debajo. El pelo le chorreaba cayéndole por la frente. La ropa empapada se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Lo tiró todo al suelo y se pasó la mano por el pelo, después se dio la vuelta y se dirigió al baño, cerrando de nuevo la puerta de un portazo.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora