Capítulo 41: Confesión

79 6 0
                                        

Al despertar de mi profundo sueño, a penas quedaban las brasas de la madera que me había protegido del frío durante mi descanso. Me estiré sobre los cómodos cojines.

-Buenos días dormilona-. Susurró una voz grave. Me incorporé y vi cómo Sam cortaba dos zanahorias en pequeñas tiras. -¿Qué tal has dormido?

-¿Buenos días? ¿Cuánto tiempo llevo dormida? -Pregunté mientras me levantaba, caminaba hasta mi habitación y me cambiaba de ropa.

Me puse un pantalón negro y una camisa de cuadros azules y rojos muy abrigada.

-Pues teniendo en cuenta que son las tres y media, mucho-. Rió.

Miré hacia la pequeña ventana cercana a la puerta, mientras me acercaba a él, y vi que hacía un día espléndido.

-¿Qué estás haciendo? -Lo abracé por la cintura y apoyé mi somnoliento rostro en su hombro izquierdo.

-Voy a prepararte un caldo caliente. Ayer bajé al pueblo a por más provisiones mientras dormías, creí que no tardarías en despertarte y me di prisa, pero cuando llegue seguías durmiendo como un oso-. Vi su sonrisa de perfil: dientes asombrosamente blancos y perfectamente alineados, enmarcados con unos labios suaves y rosados.

-Me muero de hambre-. Le besé en una mejilla. -Eres genial, gracias.

El silencio era acogedor, únicamente interrumpido por el sonido del cuchillo atravesar las verduras, y por el canto de los pájaros que revoloteaban nerviosos entre las copas de los árboles al sentir la cercanía de la primavera en la sangre.

Observé durante bastante tiempo cómo sus habilidosas manos iban de un sitio a otro, buscando cazos y cubiertos.

-Tengo que ir a por agua, enseguida vuelvo-. Dijo poniéndose un abrigo de lana.

-Yo voy a salir a por algo de madera, la casa se está quedando fría, habrá que volver a encender el fuego.

-Ten cuidado-. Me apartó los mechones de pelo que caían sobre mis labios, detrás de las orejas, y me dio un suave beso en una mejilla. -No tardes.

-Tú tampoco-. Sonreí.

Salimos de la cabaña, él fue por el camino que llevaba hacia el río, y yo justo por la senda contraría: la que se adentraba en el bosque.

Caminé, y según iba avanzando, iba recogiendo pequeñas ramas que había por el suelo. Cuando consideré que ya llevaba suficientes bajo los brazos, deshice el camino andado hasta el claro donde se situaba la cabaña.

Hacía un bonito día, pero todavía corría por las montañas el frío rastro que el invierno había dejado a su paso.

Cuando subí las escaleras del pequeño porche y entré en la casita, la improvisada bañera que tenía de metal se encontraba cerca del fuego ya encendido, llena de agua espumosa y humeante. Todo tenía un ligero olor a lavanda, y sobre un trípode, en el interior de la chimenea había una cazuela con un líquido de color mostaza que hacía pequeñas burbujas.

-¿He tardado tanto como para que tuvieras que hacerlo todo tú? -Pregunté mirando detenidamente la bañera.

-Sí, además, sin fuego no podía calentar el agua, y de camino al río encontré un montón de madera seca que he traído.

Me acerqué a la cocina y dejé en una esquina todas aquellas ramas que había recogido. Sam se acercó a mí y me tendió una mano.

-¿Te apetece un baño caliente?

Oh, Sandra. Espero que no esté insinuando que os bañéis juntos.

Posé mis dedos en ella y -a pesar de que dudé un segundo- asentí sonriente, él me guió hasta el agua espumosa, que llenaba la habitación de mil olores a flores. Sobre el sofá había dos toallas perfectamente dobladas, y sobre ellas, una pastilla de jabón morada, junto a un cubo de latón con agua caliente que reposaba en el suelo de madera.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora