Capítulo 30: Enfermedad

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-¿Los Niños del Coro?-Pregunté extrañada e incluso, algo divertida. -¿La banda sonora de Los Niños del Coro?

-Sí-. Afirmó él con toda seriedad. -¿Creías que de repente empezarías a escuchar a un volumen realmente alto, Rock? ¿O algo del estilo?

-Es extraño.

-Yo también tengo una cultura musical, al igual que tú, joven violinista-. Sonrió de una manera extraña. -Pero para gustos los colores, evidentemente. Si no te gusta lo quito.

-No-. Lo detuve antes de que pulsara el botón de apagado del reproductor. -Me gusta.

Pero es demasiado triste para este momento.

Entonces me di cuenta de que había dicho que sabía más cosas de mí, de las que yo creía. ¿Cómo sabía que tocaba el violín? Hacía mucho tiempo que lo había dejado, aun que en algún momento, furtivamente tocaba a escondidas.

-¿Cómo sabes que toco el violín? ¿Qué es lo que sabes de mí? En ningún momento te he hablado de mi vida privada.

-Simplemente, lo sé. También sé que tu vida era de lo más normal hasta que tu ángel de la guarda, Rob, no pudo esperar más, y se presentó. ¿A caso no sabías que te engañó? A ti y a... ¿Cómo se llamaba esa amiga tuya a la que tanto añoras? Ah sí, Jessica. Os engañó a las dos.

-¿A sí? ¿Respecto a qué señor Lo Sé Todo?

-Respecto a que eran primos-. Contestó calmadamente.

¿Cómo narices puede saberlo?

-Deja de preguntarte cosas obvias-. Dijo riendo.

-No me estoy preguntando nada-. Grazné a la defensiva. -Qué más sabes de mí-. Pregunté poniéndome seria. 

-No mucho. Sé que tu madre está muerta y te crees culpable porque sientes que la mataste tú.

Lo miré.
Lo miré de la manera más odiosa posible.
Apreté los dientes para contener mi rabia.

¿Por qué había sacado ese tema? ¿A caso no veía que ese era mi punto más débil? Era una herida abierta supurante e infectada, y él acababa de clavarme un palo en el centro de esa herida.

Me tragué las lágrimas que se habían acumulado en mis ojos, y con ellas las palabras más groseras que se me pasaron por la mente en ese momento.

-Lo siento-. Se disculpó.

No contesté.
No hablé más hasta que empezó a anochecer. No quería dormir mientras él conducía, no me fiaba, así que me decidí y al fin, cuando el disgusto y la rabia se pasaron, la curiosidad me pudo.

-¿Qué más sabes de mí?

-Pensé que te había comido la lengua el gato-. Rió.

Lo miré, dispuesta a pararle los pies, pero tenía una sonrisa tan risueña en los labios, que no pude. Esa maldita sonrisa me gustó más de lo que habría preferido.

-¿Me vas a decir qué más sabes de mí y cómo puñetas lo has averiguado?-Exigí.

-Sé que te enamoraste de él perdidamente, pero mi opinión es, que te parece especial porque no has tenido a nadie que te haga sentir tan bien, a pesar de que cualquiera podría superarlo.

-No es solo por que me haga sentir bien. También es esa manera de mirarme y sonreírme. La manera en que me habla. La manera en que hace que me suba la tensión cada vez que me besa, o esa electricidad que siento cuando me toca y se me pone la piel de gallina.

Rebobiné.

¿Qué haces contándole todo eso, Sandra?

-Yo podría hacerlo mejor, mucho mejor-. Dijo desafiante.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora