Cogí otro pequeño trozo de carne y salí al porche. Lo sostuve entre los dedos.
El lobo se acercó.
Se acercó tanto que pude ver cómo el pelaje de su espalda se erizaba si lo miraba a los ojos.
Estaba descalza, y tenía los pies doloridos por las quemaduras que el hielo me había producido esa misma mañana, pero había quedado tan hipnotizada por la forma tan humana que tenía de expresarse, que bajé los dos escalones del porche lentamente hasta pisar la nieve.
Por dentro me estremecí ante su contacto y el dolor que me trajo, pero por fuera, había clavado la mirada en sus patas: pequeñas y poderosas.
Él hizo más pequeño el espacio que nos separaba. Lo tenía tan cerca, que si hubiera querido, podría haber acariciado su lomo.
En vez de eso, me arrodillé, y acerqué el filete a su hocico. Lo olfateó curioso, como si no supiera qué era aquella cosa fría y roja. Después me miró directamente a los ojos. Me sobrecogió el color de sus ojos. Amarillos. Eran tan amarillos como los de un búho, y tan humanos como los míos. Volvió a mirar la carne, se acercó, y con una increíble lentitud agarró la pieza ensangrentada entre sus brillantes colmillos, como si no quisiera morderme por accidente.
Después, corrió hacia el bosque, y poco antes de traspasar la fina línea que dividía la oscuridad de lo más o menos visible para mis ojos, se dio la vuelta y pareció incluso estar agradecido.
Me quedé totalmente impresionada. Aquel animal tenía la inteligencia de cualquier humano, incluso más.
Había sido increíble como nuestras mentes conectaban por unos segundos de la manera más sencilla e increíble posible.
Era evidente, que yo seguía creyendo en la magia, y que para mí esa magia, se encontraba hasta en el rumor del viento, pero aquello había sido mucho más que un presentimiento o una ilusión.
Lo había notado hurgar entre mis pensamientos, entre mis sentimientos.
Y allí estaba yo. Sobre una fina y helada capa de hielo blanco, que con el frío que me transmitía, me hacía saber que no estaba soñando.
-*-
Esa noche soñé con él.
Con el lobo gris.
Todo seguía cubierto de nieve, pero en el aire, se podía apreciar el ligero olor que anunciaba la proximidad de la primavera. La brisa fría de las montañas me revolvía el pelo.
Me agarraba con fuerza a su cuello, y mis dedos se perdían entre su firme pelo. Él corría mientras cargaba conmigo. Me había subido en su lomo y corríamos entre los árboles del bosque.
Esquivaba cada obstáculo con la mayor gracia, que un lobo del tamaño de un oso podría tener. Me sentía en un lugar totalmente mío. Un lugar sin miedo. Me sentía plena y feliz.
El sonido de unos golpes me hizo abrir los ojos de repente. Sentí como si me hubieran dado un palo en las costillas al ver que todo había sido producto de mi imaginación.
Entonces algo -o alguien- volvió a aporrear la puerta con fuerza. Salí de la cama somnolienta, caminé a través de la pequeña habitación y llegué al salón.
Pum. Pum. Pum.
De nuevo, los golpes.
Me acerqué a la puerta, y mantuve unos segundos el pomo entre mis manos.
Miré el reloj que había sobre la encimera de la chimenea. Eran las cuatro y media de la madrugada.
¿Quién demonios será a estas horas?
En un lugar tan remoto y escondido como aquel, lo único que se me pudo ocurrir fue, que un senderista se hubiera perdido, y en la oscuridad hubiera visto la luz del fuego que traspasaba los cristales de las ventanas.
Abrí la puerta, y al hacerlo un viento helador me dio de pleno en la cara.
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Besos de terciopelo
FantasyAtrapada en una guerra entre corazón y lógica, observa su devastador e inevitable futuro. Un ángel y un lobo. Se debate entre el amor de dos seres fantásticos, y la supervivencia de la humanidad. La traición, el peligro, las mentiras, los secretos...
