Capítulo 44: Temor

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Caminamos por un pasillo que formaba un gran círculo. A la derecha tenía una cristalera que lo iba cubriendo todo a medida que caminábamos, y a la izquierda, una pared blanca con una puerta numerada cada dos metros.

La cristalera daba a un espacio abierto con césped, en el que muchos grupos de hombres y mujeres, combatían entre si en una simulación.

-A la derecha tenéis el campo de entrenamiento, y todas estas puertas de la izquierda son las habitaciones. Cada dormitorio dispone de tres literas, un baño habilitado con tres duchas, un inodoro, y tres lavabos. Cada uno de vosotros compartirá habitación con cinco personas más-. Hizo una pequeña pausa, parecía programado para repetir una y otra vez el mismo discurso de bienvenida, aunque seguro que era eso lo que llevaba haciendo todo el día con los ángeles que iban llegando cada vez con más frecuencia. -Hay tres pasillos, A, B, y C, el pasillo A es donde se encuentran las habitaciones de los cargos más altos, en el B están las personas de un rango inferior, y por último en el C, los soldados recién llegados; pero no os confundáis, todas las estancias disponen del mismo espacio y comodidades.

Caminamos al rededor de aquella circunferencia dividida en tres partes iguales y localizadas con su letra correspondiente pintada de amarillo.

Llegamos a un amplio pasillo pintado de gris que daba a una puerta negra realmente grande al final, y a cada lado, dos puertas marrones. Cada una de ellas tenía una placa dorada inscrita.

Comedor. Armamento. Despacho. Búnker.
Y en la gran puerta negra: Sala uno.

La palabra búnker me asustó un poco, después comprendí que era la única manera de poder sobrevivir a un bombardeo.

Entramos en la Sala uno. En su interior sonaba una dulce melodía, Claro de luna, de uno de mis compositores favoritos: Beethoven, que inundaba toda la estancia.

Había una enorme mesa redonda con catorce sillas a su al rededor. La habitación era excesivamente espaciosa, sin ventanas y con dos estanterías llenas de libros de historia y mapas geográficos.

Justo delante de nosotros había una mujer sentada en una de las sillas aparentemente concentrada en unos papeles posados sobre la mesa de madera. Al escuchar nuestros pasos, dejó de mirarlos, y se levantó.

Iba vestida igual que el resto, con un uniforme de camuflaje, y unas botas negras militares. Lucía una alegre sonrisa y un lunar encima del labio. Tenía una peculiar melena pelirroja, corta y rizada. La mujer estaría cerca de los cuarenta y tantos años.

-Por fin-. Suspiró. -Al fin estás aquí, Sandra-. Dijo la mujer recibiéndonos con las manos.

Nos detuvimos a tan solo un metro de ella.

-¿Cómo sabe mi nombre? -Pregunté con ojos cautelosos.

-Todo el mundo lo sabe, querida. Eres la elegida, ¿recuerdas?

-No señora, es imposible olvidarlo cuando te lo recuerdan constantemente.

-Llámame Rosa. Sentaros, por favor. Es un honor tenerte aquí, te esperábamos impacientes.

-Por favor, no me trate como si fuera diferente al resto, porque no lo soy-. Dije sentándome en una de las sillas talladas que tenía a mi derecha.

Se hizo un breve silencio mientras Rosa hurgaba entre sus papeles.

-Mmm… veamos-. Dijo al fin. -Sabía que vendrías con Amelia, Sandra. Pero no sabía que vendrías acompañada.

-Si no puede quedarse, me voy-. Me adelanté a sus palabras sabiendo que se refería a Sam.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora