Capítulo 12: Alas, poderes y otros secretos.

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La luz que entraba por la ventana me cegó dolorosamente al abrir los ojos.

Me sentía realmente mal. Estaba hecha una absoluta mierda.

Intenté incorporarme, y solté un jadeo cuando sentí el crujir de algo rompiéndose dentro de mí.

Rob se acercó a mí a la velocidad de la luz y me sujetó.

-¿Te duele mucho?

-Algo, -mentí- pero no lo entiendo, no he forzado tanto mi cuerpo como para sentirme así.

-No deberías ni poder pestañear, Sandra -Soltó asombrado.

-¿Cómo? ¿Por qué?

-Ni si quiera sabes por qué te duele -Soltó entre dientes.

-Rob, qué mierda está pasando -Exigí saber cansada.

-Estás en pleno proceso de transformación. Tu cuerpo rechazó la fase la última vez. Todo el procedimiento del crecimiento de tus alas y la transformación de poderes quedó paralizado por tu sistema inmunitario.

-¿Perdón? -Estaba flipando. ¿Qué se había fumado este tío? -¿Cómo sabes eso?

-Lo sé -Fue la única explicación que recibí.

Me incorporé del todo. Sentía mi espalda rígida y dolorida. Quise pasar la yema de los dedos por encima de la quemadura, pero no me atreví. En vez de eso, aparté un poco la tela de la camiseta para observarla.

-Lo siento -Susurró él.

-¿Qué sientes?

-Si hubiera llegado unos segundos antes, el medallón no te habría quemado. Fue horrible poder escuchar cómo tu piel se abrasaba bajo el hierro incandescente.

Me dio una punzada en el epicentro de la quemadura.

-¿Cómo? ¿Cómo pudiste escuchar eso? -Lo miré a la cara. -Es imposible que hayas podido escucharlo. Ni si quiera yo pude.

-No es imposible. No para alguien como yo.

Y lo observé. Le observé el rostro. Una franja de preocupación cruzaba su frente. Y cuando deslicé mis ojos por sus brazos y su torso, vi una larga línea blanca tras él.

Dos alas se abrían paso tras su espalda.

Blancas. Grandes. Suaves.

Preciosas.

-Dios mío -Susurré atónita.

-Siento no ser el mismo del que te habías enamorado, Sandra -Agachó la mirada. -O al menos físicamente.

-Shh -Acaricié su mejilla con mis dedos. -No lo estropees, Rob.

Moví mi mano hacia sus alas, y dudando un segundo, acabé por rozarlas con suavidad.

Él se estremeció ante el tacto de mis dedos en sus plumas. Eran extremadamente suaves, casi como terciopelo. Parecían frágiles, pero eran poderosas.

Muy poderosas.

-¿Así serán las mías? -Pregunté fascinada.

-No. Estoy seguro de que serán más hermosas y fuertes.

-¿Dolerá? ¿Me dolerá? -Pregunté nerviosa.

-Tanto, que suplicarás la muerte -Me estremecí.

Me quedé en silencio, observándolas. ¿Merecería la pena el dolor?

-Pero estaré contigo en todo momento -Dijo sacándome de mis ensoñaciones.

-No le tengo miedo al dolor, Rob.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora