Recobré el sentido de golpe.
Ya no temblaba, mi cuerpo había entrado en calor. Sentí un repentino mareo. Estaba envuelta en una manta frente al fuego de una pequeña chimenea. Me sentí aturdida.
Miré a mi alrededor extrañada, reconocí el lugar: estaba en la sala de Jess. Observé mis manos, ya no estaban azuladas, ahora gozaban de un bonito rosado.
Escuché voces que provenían de detrás de la puerta de aquella curiosa habitación. Me pareció reconocer las voces de Rob y Jess, aunque no estaba segura.
Una tercera persona entró en la conversación. Reconocí aquella grave voz con rapidez: era Manuel, el doctor que Ramírez había contratado para el seguimiento médico de Rob.
Me incorporé y me eché la manta sobre los hombros. Anduve costosamente hasta la puerta, pues aún sentía leves mareos corretear alegres por mi garganta.
Tomé el pomo entre mis dedos, lo giré lentamente y fui abriendo la puerta poco a poco. Cuando hube abierto del todo, todos se me quedaron mirando asombrados. Una arcada que recorrió mi estómago, y voló hasta mi lengua, me obligó a cerrar los ojos con fuerza y apoyarme contra el marco de la puerta.
El doctor se acercó rápidamente a mí, y justo detrás de él apareció Rob, con la palabra preocupación escrita con letra bien grande en su rostro.
Entre los dos me sujetaron, y me ayudaron a llegar a la cama de Jess. Me tumbaron lenta, y cuidadosamente sobre ella. Rob me observó preocupado desde los pies de la cama, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
Doc, mientras tanto, me tomaba la tensión. El aturdimiento me hizo cerrar los ojos, pero la oscuridad me trajo más mareos.
-Tiene el pulso débil-. Susurró para sí mismo el doctor. -Dejémosla descansar, mañana la trasladaremos a su habitación.
-¿Qué es lo que ha pasado? -Preguntó Rob.
-Ha sufrido hipotermia. Si hubieras tardado un poco más en encontrarla y traerla, Rob...
Se hizo silencio. Un silencio sepulcral.
-Y tú mismo deberías ir a descansar. Lo que hiciste anoche, en tu estado, fue una locura. Debería haberlo hecho otro, no tú -Dijo enfadado Doc.
-Una locura que le salvó la vida-. Afirmó mi rescatador.
-Sí, pero una locura al fin y al cabo. Ve a descansar, Rob. Tienes que recuperarte.
-No voy a dejarla sola. No voy a ir a la enfermería. Me quedaré aquí.
-Rob, tienes que descansar, es tú salud, ella no va a ir a ningún lado. Ya ha hecho suficientes estupideces por hoy.
Rob me miró, una vez más, me miró.
Pero esa vez, lo hizo como nunca lo había echo. Sus ojos eran grises, sí, pero fríos, distantes, igual de penetrantes que siempre, pero más duros que nunca. Me atrevería a decir, que por unos segundos, no vi su alma en ellos.
-Que traiga un colchón, o una manta, o un sillón. Cualquier cosa donde por fin pueda descansar, de todas maneras alguien tendrá que vigilarla por la noche-. De golpe, la voz de Ramírez me pareció mucho más pesada, y su rostro diez años más envejecido.
Todos salieron de la habitación. Fijé la mirada en el techo, y en ese momento, pasaron por mi mente imágenes.
Momentos de mi infancia que recordaba vagamente, en la cual, la princesa de la historia era mi madre. Mi hermosa madre.
Desde que ocurrió el accidente, nunca hablaba de ella. Desde el accidente, no volví a tocar música. El violín era importante para mí, y para ella, pero no podía, era insoportable. Tampoco volví a tocar el piano. Recuerdo ganar premios en concursos de la escuela. Recuerdo que ella me enseñó. Recuerdo lo maravilloso que resultaba verla tocar; sus dedos recorrían, acariciaban las teclas, bailaban como pequeños duendecillos con vida propia.
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Besos de terciopelo
FantasyAtrapada en una guerra entre corazón y lógica, observa su devastador e inevitable futuro. Un ángel y un lobo. Se debate entre el amor de dos seres fantásticos, y la supervivencia de la humanidad. La traición, el peligro, las mentiras, los secretos...
