Capítulo 19: Recuérdame

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Caminé por la mugrienta moqueta que cubría todo el suelo de la habitación. Inspeccioné cada rincón en busca de algún objeto perteneciente a otra persona.

De algún objeto que me indicara que en aquella habitación había dormido alguien más a parte de nosotros. Me agaché y miré debajo de la cama, y al agacharme la piel de mi espalda se estiró y se tensó, y sentí y punzante dolor en cada punto de sutura.

Vislumbré algo entre la oscuridad y el polvo, alargué el brazo y lo cogí. Me levanté y lo observé con detenimiento.

Era una cadena dorada, con una pieza brillante y ovalada que colgaba de ella. Me senté sobre el colchón y limpié la suciedad que lo cubría con mi camiseta.

Era un guardapelo de oro.

Parecía viejo y frágil, pero al intentar abrirlo comprobé que era mucho más resistente de lo que en un principio había imaginado. En su interior no se escondía un mechón de pelo como era de esperar, sino una foto amarillenta que mostraba una dulce niña tocando el violín, un violín demasiado parecido al mío. Sonreía con su vestidito por las rodillas y su recogido de trenzas.

Detrás de la niña pude observar una figura materna observarla con orgullo. Su madre la observaba tras un enorme telón.

No pude evitar que un par de lágrimas recorrieran mis mejillas involuntariamente hasta chocar contra el cristal que protegía la fotografía.

Esa mujer que se escondía, era mi madre.

Llevaba puesto el mismo colgante que mi padre le había regalado cuado nací, y esa niña, era yo en mi primera actuación del colegio.

-Cómo no echarte de menos, si acariciarte era como rozar la eternidad -Susurré pasando mis dedos por el rostro de mi hermosa madre.

¿Cómo había llegado ese colgante hasta allí? Ni si quiera yo lo sabía.

Lo único que sabía,-y que sabía con certeza-, era que ese colgante pertenecía a mi madre. A mi familia.

¿Y si ella ha estado aquí en algún momento?

¿Y si ella fue el ángel que me dejó como herencia sus genes para que yo también me transformara?

Necesitaba averiguar cuánto tiempo llevaba ese cuartelillo secreto funcionando.

Tenía que averiguar todo el pasado oculto de mi madre.

Escuché el sonido de pasos pesados acercarse por el pasillo y me sequé rápidamente las mejillas con los puños de las mangas. Lo último que necesitaba es que alguien me viera llorar.

Después guardé el colgante en el bolsillo trasero de mi pantalón.

Rob y Amelia aparecieron por la puerta abierta cargados con toallas, ropa de cama, productos de limpieza y las pocas cosas que llevábamos con nosotros haciéndolas llamar pertenencias.

-Aquí está todo lo que necesitamos -Dijo Amelia dejando los botes sobre el viejo colchón de la litera más baja. -Pongámonos manos a la obra.

-¿Cómo te encuentras? -Preguntó Rob acercándose a mí y acariciándome una mejilla haciéndome estremecer.

-Mejor, ya a penas me duele -Mi voz salió más fría y brusca de lo que pretendía e intenté arreglarlo regalándole una tímida sonrisa.

-En cuanto descanses te sentirás como nueva, lo bueno de ser un ángel es que tenemos  la capacidad de  sanar muy rápido durmiendo. Lo malo es que te han cortado las alas y no sé si seguirás manteniendo los poderes.

-Sigo viendo todo con un detalle asombroso, pero no oigo tan claro como antes ni soy tan fuerte.

-Espero que solo sea porque estás débil.

-Rob, ¿qué voy ha hacer? -Pregunté medio asustada medio entristecida. -Sé que las tenía desde hacía escaso tiempo, pero me siento como si me hubieran cortado un brazo o una pierna. Y no quiero volver a ser una humana normal y corriente, no quiero sentirme de nuevo tan frágil e insignificante a vuestro lado.

¿Qué mierda estás haciendo, Sandra?

¡Acabas de confesarle que a su lado te sientes frágil e insignificante!

-No vas a volver a ser una humana normal y corriente. Eres fuerte, es posible que más que cualquiera de nosotros si supieras sacarle el potencial a tu lado angelical. Tu destino está escrito, Sandra.

Vi como Amelia hacía saltar sus ojos de Rob a mí y viceversa, después se despidió con la mano y se fue dejándonos solos.

-¿Y qué dice mi destino? Porque me da la sensación de que solo estoy aquí para que Gabriel pueda secuestrarme y sacrificarme para ganar la guerra. Me da la sensación de que nada de esto va conmigo, y que yo simplemente soy la consecuencia de un estúpido capricho del destino entre ángeles y demonios.

-Dice que tú, -tomó mi rostro entre sus manos y me miró a los ojos- amor, tú serás el ángel salvador.

Reí histéricamente a la vez que sentía mis ojos arder y rebosar lágrimas.

¡Joder, no llores! ¡No llores! Me grité frustrada y furiosa.

-¿¡El ángel salvador!? ¡Si ni si quiera tengo alas, Rob!

-Las recuperaremos y te las coseremos de nuevo. Está escrito, Sandra. Eres la elegida, llevas la marca -Dijo sujetándome de los hombros. -La leyenda dice que cuando la humanidad pierda la esperanza, aparecerá un ángel salvador. Ese ángel será creado para salvar al hombre del mal, y será conocido por su marca en forma de trece detrás de la oreja. Y tú tienes esa marca, amor. -Hizo una breve pausa en la que se pasó la mano por el pelo y se mordió el labio pensativo.

¿Por qué tiene que ser tan sumamente sexy?

¡Sandra! ¡Céntrate!

-Los caídos te buscan desesperadamente, -continuó- y quieren acabar contigo para después castigar al patético ángel de la guarda que se enamoró de la salvadora siendo aún humana.

Sentí mis mejillas arder.

-Te quiero -Susurré después de darle un corto beso. -Pero yo no puedo ser ese ángel del que todos habláis. Simplemente no puedo.

-Tienes que admitirlo, eres tú. ¿Por qué crees entonces que aparecí en tu vida? No fue ninguna casualidad.

-¿Cómo que no fue ninguna casualidad? ¿Me estás diciendo que todas aquellas citas que me pediste simplemente eran para tenerme vigilada? ¿Te aprovechaste de mí, Rob?

-¡No! No te equivoques, Sandra. No me he aprovechado de ti en ningún momento. Todo el tiempo que pasé contigo... al principio lo hacía por obligación, pero después lo hacía porque me gustaba estar contigo -Suspiró- Aunque hay algo que no sabes...

-Dime, ¡sorpréndeme! ¿Qué más no sé? -Estaba comenzando a ponerme furiosa.

-Cuando te conocí tenía el deber de protegerte con mi vida si era necesario, y eso quiere decir...

-Que ya eras un ángel -Lo interrumpí expulsando todo el aire que había retenido en mis pulmones sin darme cuenta.

-Sí, ya era un ángel -Evitó mirarme a los ojos.

-¿Qué edad tienes, Rob?

-Mil cuatrocientos años. Soy inmortal, Sandra. Todos los ángeles lo somos -Intentó acariciarme, pero me aparté bruscamente.

El mundo estaba a punto de desmoronarse a mis pies.

~*~

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Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora