Capítulo 3: Con el tiempo justo

279 21 0
                                        

Después de agotadoras horas de búsqueda sin éxito, decidimos dejar el desván de lado y bajar al sótano. Hacía años que no entraba en aquella oscura y húmeda habitación, a penas recordaba la última vez que lo había hecho.

Salimos del desván y bajamos silenciosamente las escaleras. Inspeccioné la casa cuidadosamente en busca de mi padre, pero allí no había nadie; aún no había llegado de trabajar.

-No hay nadie, Jess -Aseguré.

-¿Cuánto tiempo tenemos antes de que regrese? -Preguntó ella.

-Media hora, más o menos.

-Pues démonos prisa -Ordenó Jess poniéndose en marcha.

Apresuradas corrimos hasta la antigua puerta de roble macizo que daba a las escaleras del sótano. Cuando mis dedos sintieron el frío metal del pomo, un escalofrío recorrió toda mi columna, haciendo que se me erizase la piel de la nuca. Cuando me hube deshecho de aquella sensación tan extraña, giré la manilla, y un frío, helador chirrido salió de lo más profundo de las bisagras; como si tuvieran vida propia y las torturaran, como si supieran que algo horrible estaba a punto de ocurrir.

Bajamos las deterioradas escaleras lentamente a tientas. El maldito interruptor de la luz estaba instalado al final de aquellos escalones mortales.

La puerta se cerró de golpe, dejándolo todo más oscuro de lo que ya estaba; dejándolo todo sumido en la oscuridad más negra que se pueda imaginar. Intenté tranquilizarme. La puerta se había cerrado por una corriente de aire, y mientras yo intentaba desesperadamente buscar una explicación lógica sobre aquel suceso, mis pies bajaban descontrolados la escalera.

Cuando se acabaron los escalones, y con ellos, las explicaciones incoherentes que intentaba formular, encendí la luz.

En el ambiente pululaba una cantidad indecente de polvo, olor a humedad, y una terrible sensación que no me dejaba en paz.
Intentamos abrirnos paso entre cajas y telarañas gigantes, y una vez lograda la misión, lo pusimos patas arriba todo.

Rebuscamos y rebuscamos entre libros viejos, estanterías, cajas, juguetes, y todo tipo de objetos inútiles o muy usados ya.

Vimos una caja grande, más grande que el resto, con un parecido más similar al de una caja fuerte que al de un a caja de mudanza.
Sentí una punzada en la sien, y por un segundo pensé que allí había algo grande, importante.

Intentamos por todos nuestros medios abrirla, pero era imposible. Buscamos la llave de aquél cubo de latón por todo el sótano, pero no encontramos nada. Y fue justo en ese momento, cuando una bombilla se iluminó sobre mi cabeza, y recordé un pequeño detalle que siempre había tenido ante mis ojos, pero que no había sido capaz de reconocer; mi padre siempre llevaba encima un llavero, en el cual, una llave que siempre me había parecido muy llamativa colgaba de él, vieja, pequeña y roñosa. Y si me paraba, -aunque solo fuera por unos segundos- y analizaba la situación, caía en la cuenta de que jamás, y repito, jamás, se había separado de ese llavero.

En ese momento exacto escuché la puerta principal de casa.

-¡Sandra, ya estoy en casa! -Gritó mi padre.

Automáticamente cerramos todos los cajones que habíamos abierto y salimos pitando escaleras arriba. Intentamos subir las escaleras muy silenciosamente en dirección a mi habitación, y una vez en la segunda planta, me asomé a la barandilla de las escaleras con una profunda y delicada disimulación.

-¿Papá, eres tú?

-Sí, soy yo Sandra.

Bajamos a recibirlo.

Besos de terciopeloHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora