Capítulo 6: La institutriz

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Desperté aturdida. Los primeros rayos de sol penetraron en mis retinas como un láser cortándome las pupilas y llegando a lo más profundo de mis nervios craneales.

Me desperecé estirándome, haciendo crujir una gran mayoría de huesos de mi cuerpo. Una vez me hube vestido a la velocidad de una tortuga, bajé a la cocina a desayunar.

Miré la hora y decidí que aún era muy pronto para ir a ver a Rob. Pensé que podría aprovechar ese tiempo para ir a la biblioteca e investigar sobre, en lo que posiblemente me convertiría.

Anduve por el viejo y tenebroso pasillo hasta llegar a la biblioteca. Una vez allí, me paseé como una tonta entre las gigantescas estanterías, esperando que algún libro me llamara por arte de magia. Mientras me burlaba de mí misma mentalmente, un viejo cúmulo de hojas amarillentas con una portada de cuero negro, llamó considerablemente mi atención.

Me acerqué curiosa. Estaba cubierto de polvo. Soplé con todas mis fuerzas y una nube neblinosa se formó sobre el libro ahora libre de polvo. Su título me llamó aún más la atención. "El último adiós", se llamaba. Con letras doradas y muy redondeadas.

Anduve con el libro entre mis manos hasta la mesa más cercana. Me acomodé, abrí el libro, y comencé a leerlo, sumergiéndome entre las líneas de aquella fascinante historia.

Estaba ensimismada en la lectura cuando un ruido procedente de la habitación en la que se encontraba Rob me sobresaltó.

Supuse que ya se habría despertado, así que decidí ir a verlo.
Me acerqué a la puerta cautelosa, y la golpeé suavemente un par de veces con los nudillos. Nada. Silencio. Volví a llamar.

De nuevo, absoluto silencio. Un mal presentimiento recorrió mi espalda. Abrí ligeramente la puerta y me asomé con cuidado.
Rob, como había imaginado, estaba despierto, sentado sobre la cama. Pensativo, miraba el suelo, como si fuera lo más interesante en el mundo en ese momento.

Su rostro blanquecino estaba resplandeciente. Su pelo brillaba bajo los rayos de sol que entraban por la ventana. Sonreí al verlo. Él, levanto la cabeza y me miró penetrándome con la tormenta de sus ojos. Escuché unos pasos acercándose a mi espalda, me giré, y allí estaba Ramírez, dirigiéndose con el semblante serio en mi dirección.

-Sandra -Me llamó.

-¿Sí?

-Tengo que hablar contigo, ahora. Y a ser posible a solas -Dijo con la mirada puesta en Rob.

-Sí, claro -Acepté confusa.

Cerré la puerta de la habitación donde se encontraba Rob, disculpándome con la mirada, y me dirigí a una de las largas mesas que poseía la antigua biblioteca, Ramírez se sentó enfrente de mí, entrelazando los dedos sobre la madera.

Comenzó a parlotear como loca. Dijo que posiblemente nos asignara una institutriz, porque claramente no podíamos dejar de estudiar.

Pero esta vez sería diferente... No estudiaríamos cultura general, historia o idiomas. Según Ramírez no volveríamos a necesitarlo. A partir de ese momento, éramos aprendices de ángel. Ramírez no sabía cuál de las dos lo era; si Jess, o yo. Sabía que Rob lo era, pero aún tenía que descubrir dónde residía el otro ángel, si en el cuerpo de mi mejor amiga o en el mío.

-¿Y cuándo dices que llegará esa institutriz? -Pregunté.

-Mañana -Suspiró -Y también mañana comenzaréis las clases.

-¿Y Rob? ¿Se encuentra ya lo suficientemente recuperado como para empezar con las clases?

-Sí, Rob también empezará. Sin excepciones-. Afirmó tajante.

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