Entré en la casa. Una vez en su interior pude sentir el frío, a saber cuándo había estado ocupada por última vez. Rob entró detrás de mí, cerró la puerta y posó la mochila en el primer peldaño de la escalera. Era estrecha y estaba cubierta por una moqueta verde botella. Caminé despacio, el sonido de mis pasos sobre la madera era el único ruido que se escuchaba allí adentro.
Me quedé mirando el ancho arco que daba paso a una habitación grande, con un sofá, una televisión no muy grande y una alfombra color crema raída por los lados. Entre el sofá y el televisor había una pequeña mesa de cristal con unas elegantes patas de hierro que la sostenían.
La sensación que tuve al estar allí, fue de paz. Como si esa casa hubiera sido mía siempre, como si allí hubiera crecido, como si fuese mi hogar. Sentí la tranquilidad que se siente al volver a casa después de un largo día.
Entré en la sala de estar, me quedé parada justo en el centro de la estancia. Una lámpara pequeña, en forma de telaraña, se sostenía del techo sobre mi cabeza. A través de las finas cortinas color marfil, que había en la ventana, entraba una luz brillante que lo iluminaba todo.
Era capaz de ver las minúsculas motas de polvo bailar sobre esa luz. En la pared contraria al ventanal, había una chimenea de ladrillos rojos, que aún mantenía restos de la última vez que se había usado.
Giré sobre mis talones. Rob me observaba apoyado en la pared de brazos cruzados. Un par de mechones dorados le caían sobre la frente. Aún vestía con el uniforme de soldado del cuartel, al igual que yo, y en ese momento no pude pensar en otra cosa que en lo hermoso que se veía.
Joder, Sandra. Si parece un Dios griego. Es irresistiblemente sexy.
Sonreí mirándolo de reojo.
-¿Disfrutando de las vistas? -Me puse roja.
-Mmm, podría decirse que sí-. Contesté pasando por su lado e incorporándome al pasillo.
Había una puerta entreabierta que daba a un baño, pequeño y básico.
Continué hasta pisar los azulejos, de los que resultó ser una cocina amplia y llena de ventanas. Era sencilla, una mesa en el centro, en la que se podían apreciar las marcas que alguien había dejado allí al cortar con un cuchillo la comida. La pileta para fregar con un único y largo grifo, una nevera, un horno y un microondas. Varios armarios, donde supuse, se encontraría la vajilla, las cazuelas y sartenes...
Esto había pertenecido a alguien, pero ¿a quién? Sentía curiosidad por el pasado de aquella casa. Cada recoveco me invitaba a descubrir su historia. Cada alegría y cada buena noticia. Cada pena y cada uno de los momentos malos.
- Voy a ver la planta de arriba, ¿vienes?-Dijo Rob sacándome de la intimidad de mis pensamientos.
- Sí-. Respondí al cabo de un momento mientras me acercaba a él. -Claro que sí.
Tenía la mochila echada al hombro, listo para subir la escalera enmoquetada. Dejó la marca de su mano allí donde se había apoyado en la polvorienta barandilla, la cual tenía unos barrotes tallados con precisión, con diferentes formas y dibujos.
-*-
A pesar de haber descansado en el sofá mientras Rob limpiaba la casa, me sentía exhausta.
Me incorporé y caminé arrastrando los pies hasta las escaleras. Subí los escalones de uno en uno, con demasiada tranquilidad. Hacía tiempo que no escuchaba pasos por la habitación que sería la mía, así que supuse que Rob ya había acabado la limpieza en esa parte de la casa.
Entré en mi dormitorio y me dejé caer sobre la cama. Era grande, y aunque parecía vieja, era muy cómoda.
No lograba entender por qué estaba allí; sobre una blandita cama. Mientras la gente que conocía, mientras muchos de los que tanto me habían ayudado cuando yo era la nueva, luchaban en el cuartel por una causa común, como lo había llamado Rosa.
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Besos de terciopelo
FantasyAtrapada en una guerra entre corazón y lógica, observa su devastador e inevitable futuro. Un ángel y un lobo. Se debate entre el amor de dos seres fantásticos, y la supervivencia de la humanidad. La traición, el peligro, las mentiras, los secretos...
