Capítulo 3

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Mi peso entero cayó sobre el acelerador de mi auto en el momento que Nadia ingresó a su casa y yo, con las ruedas chirriando contra el cemento, me escapé de aquella irracional situación

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Mi peso entero cayó sobre el acelerador de mi auto en el momento que Nadia ingresó a su casa y yo, con las ruedas chirriando contra el cemento, me escapé de aquella irracional situación. Ir en contra de mis principios y mis límites era algo que no me ocurría nunca, y evitaba que me ocurriese, sin embargo, los había incumplido por una chica que a penas conocía, y era totalmente decepcionante.

Aquel sentimiento indeseado que me carcomía cada milésima de mi cuerpo lo intenté eliminar golpeando el volante, pero mi mente era mucho más rápida y los pensamientos que alimentaban mi irritabilidad eran más fuertes que cualquier golpe que pudiese dar.

Literalmente Nadia me volvía loco: primero cuando me dejó solo en la cancha de vóley frente a todo el curso y luego cuando se esforzó victoriosamente por conseguir cada cosa que quería de mí: mi celular y mi auto.

Solamente necesitaba alejarme de ella para evitar un nuevo desliz.

—Ashley—atendí la llamada entrante en mi celular.

—Hola bombón—me saludó con un tono dulce—, ¿estás en casa?

—Estoy yendo para allá—contesté antes de inhalar una bocanada de aire. Definitivamente mi día había sido un caos.

—¿Estás muy cansado? —se rio.

—Estoy manejando—respondí mientras prendía la radio.

—Entonces te dejo, nos vemos—cortó el llamado.

Ashley Kellen, la chica que conocía desde mi ingreso al instituto, era la única mujer permanente en mi lista, la única a la que accedía cuando lo necesitaba y la única amiga con la que me permití seguir en contacto por los códigos que decidimos manejar entre los dos: no hay relación, hay amistad, no hay amor, hay sexo. Era ese tipo de amigas que te ayudaban de una manera diferente. Sin embargo, nada de eso la volvía especial, al contrario, la mostraba como una desesperada que requería de algo que podría llegar a denominarse amor y, en realidad, no lo era. Sus actitudes y las formas en la que llevaba su vida eran completamente diferentes a las mías, no teníamos anda en común, y si bien Ashley insistía en que necesitábamos lo que tenía el otro y, por lo tanto, eso nos llevaba a permanecer juntos, yo no lo compartía y tampoco lo discutía. No obstante, estar juntos no significaba nada, ella era simplemente un vínculo, pero no un confidente, ni mucho menos una pareja, no hablábamos sobre nosotros, pero sí nos ayudábamos cuando nos metíamos en problemas: había protegido de ella en muchas ocasiones, la defendí en otras, y le solucioné asuntos que no había logrado controlar, pero nada superaba aquel extremo, porque yo no me lo permitía, y ella lo entendía.

Negué con la cabeza rápidamente para quitarme cualquier recuerdo que se relacione con Nadia o la mismísima Ashley y, decididamente, me frené en la cuadra que daba a aquella casa que me desataba de todos mis problemas. Bajé del auto y busqué en mis bolsillos el juego de llaves que abría las puertas de ese gran palacio.

Sin Límites | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora