(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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Mis principios estaban destruyéndose, y Nadia Bolton era la única bala que los derribaba.
Hacía un par de días la conocía, días en los que decidí ayudarla, abrazarla, hablarle de mi pasado, y hasta apoyar mis labios sobre los suyos. Estaba cansado de rondarle tanto al tema y buscarle un porqué a todo, de ir en contra de mí mismo, de no ser yo y actuar como alguien que no era. Pero, ¿realmente sería una actuación?
Ashley había roto nuestro pacto, había decidido alejarse de mí y darle punto final a nuestra especie de vinculo; pero aun así no me preocupaba, no me interesaba. En cambio, Nadia sí capturaba mi absoluta atención, la había conseguido desde el primer instante en el que la vi, y ni siquiera deducía el porqué de aquella inevitable atracción.
—¡Amigo! —sonrió Emiliano en cuanto ingresé a la casa.
Caminó hacia mí con la mano en alto, esperando a que se la estrechara como si nuestro mal llevar no existiese, y yo, con mi poca paciencia acumulada y el poco humor que cargaba como para lidiar con él y sus estupideces, lo empujé hacia mi izquierda y lo hice caer sobre el sillón alargado.
Por lo tanto, me dirigí hacia la cocina sin siquiera mirarlo e impedí girarme hacia él cuando lo escuché murmurar a mis espaldas.
—¿Quién carajos se llevó las cervezas? —grité después de abrir la heladera y no encontrarme con ninguna bebida allí dentro.
—Raúl—me respondió Emiliano desde el otro lado.
—¿Dónde se las llevó? —salí de la cocina, frustrado. ¿Acaso no podía salirme nada bien?
—Mañana hay una fiesta y le pidieron que lleve las bebidas—contestó mientras se acomodaba en el sillón—. Estamos secos.
—¿Quién le dio el permiso? No me avisó nada.
—A mí no me mires, hermano—levantó las manos, notando mi exasperación—, él dijo eso cuando se fue con los cajones.
—No me digas hermano—dije antes de tomar las llaves de mi auto y salir de la casa tras dar un portazo.
El "portal", un club de lucha libre, entrenamiento y defensa, donde se apostaba por los valientes y se perdía dinero por los débiles, era mi lugar de descarga, una distracción de todas mis emociones, una manera efectiva de expulsar todos mis demonios, y un medio fácil por el cual ganar billetes.
Nadia se había convertido en una influencia prominente en mi vida y un pensamiento constante en mi mente, y no me sentía a gusto con ello. Deshacerme de esa sensación no era muy difícil, no cuando perteneces hace tres años a un club ilegal en donde te admiran por ser el "gran león" en las peleas, el rey entre todos, el invencible ante mis oponentes, y el más fuerte para mi público.
Estacioné mi auto por encima del cordón de la vereda y me bajé mientras equipaba mis manos de mis guantes negros de cuero sin dedos. Ingresé al "portal" y saludé a quienes me cruzaba entre la multitud que ocupaba parte del estacionamiento abandonado.