(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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Había sido una de mis peores noches desde mis ocho años de edad. La pesadilla había regresado. La casa de Ester, ella saliendo por la puerta, yo en una esquina y la oscuridad abrumándome. Una vez más, aparecían las luciérnagas, luego mi madre y con ella el fusil. Apuntaba, cargaba y se acercaba. Hubiese querido que Nadia me despertase, como lo hizo la última vez, pero esa noche no estaba junto a mí. Tuve que ver a mi padre vivo de espalda, interponiéndose entre la bala y yo, y recibiendo el disparo del que no pude salvarlo. Su sangre empezó a gorgotear por detrás de su espalda y llenó la sala vacía de aquel rojo que desesperadamente comenzó a trepar por mis piernas, mis brazos, mi cuello y mi cara. Me vi hundido en la sangre, consumido, hasta que las luciérnagas reaparecieron para iluminar lo que antes había sido la sala de estar de mi abuela y en aquel entonces parecía ser un túnel. Visualicé el cuerpo muerto de mi padre al final de éste y, por alguna razón, quise alcanzarlo. Me esforcé tanto por llegar a él que noté que mientras más nadaba más me dolía el cuerpo, por lo que supe que mis pulmones estaban a punto de explotar. Quise salir de aquel fondo para volver a respirar, pero mis brazos y piernas pesaban más de lo que hubiese podido arrastrar. Empecé a ahogarme mientras, con ayuda de la luz de las luciérnagas, veía en el abismo del túnel las figuras de mi madre y Ester, erguidas, distantes e indiferentes a la desesperación que finalmente me despertó.
Pero solo había sido eso, una pesadilla.
Pasé el resto de la mañana en el club para mantener la mente despejada y, antes de que se cumpliera la hora de asistir al colegio, fui a casa para darme una ducha. Raúl intentó que le dijera el porqué de mi ausencia durante el desayuno, pero lo evité con la excusa de que llegaba tarde para ver a Nadia. Era la única manera por la cual lograba quitármelo de encima.
—Sí que te gusta—se rio, golpeándome en el hombro.
Bolton me había mandado un mensaje recordándome que estaría esperándome en las escalaras de la entrada del colegio, para que entráramos juntos. Estaba seguro de que en otra realidad hubiese preferido quedarme en el club y saltearme las clases tediosas de los profesores, pero aquel día no era el Sebastián que plantaba a los suyos y pensaba en sí mismo, aquel día había decidido actuar por sobre lo que sentía.
Estacioné mi auto a una cuadra del instituto y, mientras me alejaba de éste a la vez que activaba la alarma, apareció el profesor de la ESI para interponerse nuevamente en mis planes.
—Sebastián, disculpa. —Empezó a caminar junto a mí y me sonrió en cuanto le eché un vistazo por encima de mi hombro.
Quería suponer que aquel hombre intentaba cumplir exitosamente con su trabajo como tutor de mi curso, pero si hacía alguna pregunta en relación a Nadia debería mandarlo a la mierda.
—Buenas tardes—saludé, metiendo las llaves de mi auto adentro de uno de los bolsillos delanteros de mi jean azul.
—Me gustaría que hablemos un segundo sobre un tema que me está inquietando—me confió con seriedad, probablemente creyendo que sería lo suficiente amable como para regalarle un segundo de mi tiempo.