Capítulo 54

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—No estoy bien—le había dicho a Raúl la noche que llegué del club

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—No estoy bien—le había dicho a Raúl la noche que llegué del club.

—Claro que no—me contestó, mirándome desde el sillón.

Kaleb no me tuvo piedad, me agarró de ambos hombros en el momento que me di la vuelta y, con una fuerza desmedida, me arrojó contra el piso para golpearme desde arriba. No esquivé ningún golpe. El león que el club había reconocido en mí desde mis primeras peleas había muerto en el instante que la fuerza de mis problemas comenzó a ser más fuerte de la que podía manejar. Mi única salida de aquel trance terminó siendo el no haberme inscripto en la tabla de pelea, lo cual llevó a que un par de compañeros tuvieran la iniciativa de quitarme a Kaleb de encima. Aunque, de todas formas, la pagué caro.

No importaba, las heridas en mi rostro se sentían insignificantes al lado del peso que llevaba encima. La semana se me había hecho imposible; un cúmulo de dificultades incontrolables habían comenzado a caerme encima como los golpes de Kaleb. Una vez más, no esquivé ni retuve ninguno.

—¿Es solo por Nadia? —me preguntó Raúl, levantándose del sillón.

Bajé la mirada y me fijé en las llaves del auto.

—No—negué con la cabeza. Dejé el juego de llaves sobre el mueble que acompañaba la puerta y levanté la mirada hacia mi mejor amigo.

Lo había perdido por unos días y, en aquel momento en especial, en el que ya no podía lidiar ni conmigo mismo, era cuando más lo necesitaba. Por lo tanto, me enorgulleció reconocer que estaba dispuesto a escucharme, a atender una vez más lo que estaba aquejándome. Entre tantas personas que había elegido, él había sido mi mejor decisión.

—Caí otra vez—agregué—. Mamá salió.

Raúl se pasó una mano por la barbilla, evaluando la situación, y me miró apenado.

—¿La carta? —preguntó, señalándome.

—Ester me lo dijo—repliqué, acercándome a él—. Mamá quiere verme, hace un par de días estoy durmiendo mal y... luego pasó lo de Nadia. No sé qué pensar. —Me crucé de brazos.

Los golpes de Kaleb comenzaba a tomar vida. El dolor en la zona de la nariz, el pómulo y la zona del ojo izquierdo se tornaban irresistibles.

—Todo esto me supera—añadí antes de dirigirme al baño.

Me desinfecté las heridas, ingerí un ibuprofeno para aliviar la molestia de los golpes y me dirigí a las escaleras para subir a mi habitación. Sin embargo, Raúl se interpuso en mi camino y me miró a los ojos.

—Nada supera a Sebastián Jones—me recordó, hundiendo su dedo índice en el centro de mi pecho—. No le debés nada a nadie, ¿entendiste? Preguntate: ¿qué es lo que querés? ¿Perdonar? No tenés que hacerlo si no te va a hacer sentir mejor. Pensá en vos, carajo—insistió, añadiendo peso a su consejo. Raúl siempre tenía la palabra justa—. ¿Sabés qué? —Bajó su mano y se cruzó de brazos—, una de las cosas que me enoja de la gente que habla de vos es que digan que sos una persona egoísta, cuando, en realidad, estás permanentemente pensando en qué hacer por los que querés. Sebastián—me llamó la atención, notando que ya estaba desviando la mirada hacia los peldaños de la escalera—, todo el tiempo estás salvando a los tuyos, pero nunca te salvas a vos. Te toca, hermano. Acá estamos bien. —Me sonrió con tristeza y me dio un abrazo antes que pudiese escaparme de él. Me palmeó la espalda y me quejé por lo bajo ante el dolor.

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