Capítulo 42

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Estaba condicionado, limitado, perpetuado a una regla a la que cedí sin replanteármela dos veces

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Estaba condicionado, limitado, perpetuado a una regla a la que cedí sin replanteármela dos veces. Nadia quería salir del círculo tóxico en el que la había metido, que la cuide de quienes ahora estaban ocupándose de lastimarla, que la quiera bajo sus reglas y que actúe bajo sus preferencias. No sabía si llamarla posesiva, pero de algo estaba seguro: me tocaba poner mis reglas.

Salí del cuarto de productos de limpieza repasándome el labio inferior con mi dedo pulgar; lo tenía hinchado, húmedo, enrojecido. Pasé mi mano derecha por mi nuca y recordé la placentera sensación que me daba sentir las manos de Nadia acariciando mi piel y mi pelo mientras me besaba. Miré hacia el fondo del pasillo y me pregunté si daba la pena volver a clases. Vería a Bolton sentada en su banco de primera fila, con sus ojos cielo atendiéndome y su mente pensando en aquello que quería descifrar. También me juzgué por lo absurdo que era estar parado pensando en una chica que me estaba usando a su beneficio, aunque ¿Sería eso cierto?

Empecé a caminar e intenté convencerme de que Bolton sí me quería, sí le interesaba, ¿Sino qué sentido tenía que le preocupara mi bienestar?

Pensé en mi madre, ella también había tenido esas preocupaciones tontas y, aun así, terminó por mentirme. Había sido ella quien acabó con quien había sido, con aquel chico inocente que podía darlo todo por todos, que confiaba y amaba, que vivía sin miedo a que lo lastimaran y que le mintieran.

—Estás cambiado—me dijo Ashley, recorriendo con su dedo índice el cuello de mi remera.

La había visto caminando por el pasillo, antes de que me encontrara con Nadia, con su tobillo a medio sanar y unas cuántas sugerencias del médico sobre quedarse en casa. ¿Qué hacía Kellen en el colegio? Me alarmé a penas la vi, podía oler sus perversas intenciones hacia la nueva víctima del blog y los estudiantes.

—Pensé que andabas con reposo—contesté, recorriéndola con la mirada.

La tenía acorralada contra una fila de casilleros. Estaba perfumada, con el cabello brillante y la ropa limpia, pero su aliento olía a whisky.

—Decidí venir, tengo soporte. —Señaló su bota negra y las muletas que llevaba bajos las axilas—. Además—agregó, quitando su dedo del cuello de mi remera—, con todo el revuelo que se armó ayer me resultó inevitable.

—Ya leíste la página—di por sentado.

—Sí, no sabía que se acostaron. ¿Ya pasaron a ser novios?

¿Novios?

—No. ¿Por qué? —sonreí, relamiéndome los labios y estudiando su conjunto de ropa—. ¿Celosa? —la miré.

—Cómo te gusta jugar todavía.

—Solamente te hice una pregunta.

—¿Qué querés que te diga? —se rio con falsedad—. Da igual, ya no existo para vos.

—Por lo que sé sigo viéndote.

—No te hagas al pelotudo—aseveró su tono—. Ayer te comiste a la mejor amiga de Nelson frente a todo el colegio. ¿Desde cuándo sos así? Nunca te expusiste de tal forma por una mina que no vale ni dos pesos.

—Es bonita. —Me encogí de hombros, indiferente—, ¿no te parece?

—No. Nadia no es nada al lado mío.

—¿La tenés de competencia? —Me incliné, acercándome a su boca—, cuidado con lo que haces.

—No me provoqués.

—Pensé que te gustaba.

Ashley levantó su mano derecha y apenas pudo tocar la pequeña herida de mi pómulo. Me alejé y la miré desde arriba.

—¿Qué te pasó? —preguntó con una sonrisa.

—Nada.

—¿Te fuiste al club? —sonó como una afirmación.

—Entrenamiento.

—Yo creo que fue una pelea.

—¿Eso no es entrenamiento?

—¿Ganaste?

—¿Cuándo no? —sonreí.

—Tal vez me toque ganar a mí—contestó, haciéndome a un lado y mezclándose con el resto de los estudiantes.

Ahí fue cuando confirmé mis sospechas. Ashley disfrutaba de la venganza, más de una vez se había metido en problemas por buscar accionar contra quienes no le convenían. Era problemática, pero no le gustaban los problemas. Bolton era un problema en su campo, lo fue desde que notó que estaba cerca de mí, y lo seguiría siendo hasta que no se la quitara de encima.

Me fui directo a la cafetería y me compré un café para llevar, lo tomé en una de las mesas vacías y agradecí que Marta no me reprochara el no estar en clases. Lo bebí a mi tiempo, con la mente en blanco, evitándome mirar la hora en el reloj que estaba colgado por encima de la puerta de salida. Me demoré quince minutos y, temiendo de que el director pasara a tomar un café y me encontrara fuera de clases, salí de la cafetería. No deseaba comerme alguna suspensión teniendo una importante tarea pendiente con Nadia.

Mierda, ¿qué me esperaba?

Entré al salón y lo primero que vi fue a Nadia con los ojos hinchados, las mejillas y la nariz enrojecida, y un pañuelo en una de sus manos.

—¿Segura que no quiere ir al baño, señorita Bolton? —Se le acercó el profesor con un gesto preocupado, interviniendo en mi campo visual.

Nadia negó con la cabeza y me surgió la idea de ir a abrazarla y pedirle que salgamos hasta que se calmase, pero los ojos oscuros del profesor enfocándose en mí acabaron inmediatamente con mis planes.

—Llega tarde, Jones—me reprochó con el ceño severo, cruzándose de brazos.

—Discúlpeme—contesté, echándole un vistazo a Nadia antes de dirigirme a mi banco.

Me senté, resoplando, y empecé a escucharlos; murmullos, todos opinando, comunicándose lo que pasó en mi ausencia, hablando descaradamente de asuntos que no les incumbían o cuchicheando sin tener la más mínima y puta idea. Y claro, también me miraban a mí, hablaban de mí. Me erguí en mi silla y me enfoqué en uno de mis compañeros, un fotógrafo del blog, quien tenía su cámara sobre una de sus piernas y estaba apuntándome con el foco. Miré directo al lente y noté que, sin percatarse del detalle, sacó la foto, alzó la cámara y miró la imagen. Tragó saliva. Le convenía no subirla. Se giró hacia mi dirección y le enseñé mi dedo de en medio antes de desviar la atención hacia mi compañera de banco.

—Dafne—la llamé.

—¿Qué? —Me miró confundida.

No la culpaba, nunca intercambiábamos palabra, principalmente porque Dafne conocía mi historia y también era católica, de por más. Una religiosa fanática que, entre otras cosas, no apoyaba mi iniciativa de acostarme con quien quisiera antes de casarme, y que se había metido en un colegio laico para proferir la palabra de Dios entre los no creyentes.

—¿Qué pasó con Nadia?

—Ashley—contestó, sin agregar nada más.

Era increíble pensar que con escuchar aquel nombre era posible enterarse de un episodio entero. Ashley no perdía el tiempo, si tenía la oportunidad de atacar lo hacía, no lo pensaba dos veces. Fueron quince minutos. Me ausenté, fui por un café, y le pareció suficiente para arriesgarse.

Es una víbora.

Una víbora estúpida, porque yo también podía arriesgarme.

Tenía una propuesta en mente, una manera fácil de terminar con todo y, a su vez, lastimar a quienes habían iniciado con aquel show.

Sin Límites | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora