Capítulo 24

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Cuando entré a casa, con su mirada de pánico encima de mí, supe instantáneamente que aquel día terminaría tal como lo había temido la noche anterior

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Cuando entré a casa, con su mirada de pánico encima de mí, supe instantáneamente que aquel día terminaría tal como lo había temido la noche anterior.

—¿Está aquí? —le pregunté en un susurro.

—Corre—me suplicó con la voz partida, empujándome sutilmente hacia las escaleras de la casa—, ve a tu habitación y enciérrate allí.

—Mamá...—se me partió la voz, sintiéndome incapaz de dejarla sola con mi padre.

—¡Por favor, Nadia, corre! —gritó, empujándome nuevamente.

Miré detrás de ella y me fijé en mi padre, quien apareció debajo del margen de la puerta que conducía hacia la cocina. Su mirada, oscura e impenetrable, me dejó en claro que la guerra entre él y yo era indiscutible, lo cual impedía que mamá pudiese tener algún tipo de intervención en ella.

—Nadia—habló él con una tenacidad intimidante.

Su tono de voz, su posición, su mirada, su expresión, cada mínimo detalle que me permitió ver entre todo lo que se esforzaba por esconder me comunicó que algo más había ocurrido como para que papá hubiese llevado a que mamá entre en una desesperación por librarme de él.

Sentí miedo, porque era la primera vez que mamá se hacía a un lado y papá se apropiaba del terreno entero, dejándome vulnerable.

Siempre estuviste vulnerable, mamá nunca recibió los golpes.

No me detuve a pensar un segundo más, me giré sobre mi lugar, me lancé a la barandilla de la escalera y empecé a subir los peldaños de dos, escapando de los gritos y los pasos apurados de mi padre, quien iba detrás de mí, dispuesto a cazarme y destrozarme.

—¡Corre, Nadia! —me animó mi madre entre sollozos.

Pero no fue suficiente, mis piernas no fueron suficiente, ni tampoco los gritos de mamá alentándome a seguir con mi carrera. Papá era más rápido, más alto, más hábil; con sus piernas largas subía cuatro de dos escalones que yo ascendía, y aunque yo había empezado a correr tiempo antes que él, perdí en el momento que, llegando a la planta alta, sus manos se estiraron por el escalón que le faltaba y amarraron mis tobillos.

Fue un segundo.

Con un solo tirón, papá me llevó a retroceder cada peldaño que había subido con las intenciones de escapar, y me arrojó contra la esquina del escalón de descanso.

—¡Dios mío! ¡Nicholas! —gritó mi madre, horrorizada—, ¡basta, por favor! ¡Llamaré a la policía!

Intenté levantarme, buscando fuerzas donde no había, pero mi cuerpo no respondía, mis piernas me dolían, al igual que mis brazos y mi rostro, el cual se había golpeado entre cada escalón por el cual había descendido.

—¡Llámala! —le contestó él, bajando los escalones por los cuales él me había arrojado—, ¡no me preocupa en absoluto!, ¡antes me preocuparé de darle su merecido a tu hija! —aseguró, apuntándome.

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