Capítulo 44

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Tenía dieciséis años cuando empecé a trabajar como camarera en el bar tradicional de la ciudad

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Tenía dieciséis años cuando empecé a trabajar como camarera en el bar tradicional de la ciudad. Veía a Sebastián todos los sábados sentado en una de las butacas de la barra, consumiéndose una de las tantas cervezas que pagaba al precio de dos por ser menor.

Mi madre había desaparecido en ese mismo mes y yo no tenía dinero para subsistir. Por lo tanto, dentro del bar, al final de la jornada, les cobraba a algunos jóvenes de veinte para que se acostaran conmigo y, junto a las propinas, me pagaba un plato de comida caliente para cenar en casa.

—Patxi me comentó que no tenés dieciocho años como para beber cuatro botellas de cerveza en un bar nocturno—le había dicho el primer día que decidí acercarme.

Me había gustado desde el instante en el que lo vi entrar. Patxi, el cocinero del bar, me contó que era hijo de una homicida y que su abuela le llenaba los bolsillos con el mismo dinero con el que pagaba las cuatro botellas de cerveza.

—Un pajarito me confesó que vos sos menor y no tenés una autorización para trabajar en un bar nocturno. —Me miró con sus ojos verdes de infarto—. Ni hablar de que te prostituyes.

—Se ve que ambos no seguimos las reglas—le contesté con tranquilidad, inclinándome sobre la barra.

—Soy Sebastián. —Me extendió su mano.

Ya lo sabía.

—Ashley. —Se la tomé.

Y desde entonces nunca más se la solté.

Me sacó de la prostitución, del bar, y empezó a pasarme el dinero que su abuela le daba todos los sábados. Me dejó dormir durante un mes entero en lo de Ester cuando los tipos con los que me había acostado empezaron a golpearme la puerta de mi casa a las tres de la mañana para reclamarme un servicio que nunca quise dar. Al año, William, el hermano de Raúl, apareció con las llaves de una vivienda antigua que llamaba "la casa de la libertad" y me hospedé allí hasta el año próximo, cuando mi madre regresó y me arrastró consigo al departamento que dejé atrás.

No me costaba contar la historia entera si debía involucrar a Sebastián en ella. Él había sido mi héroe, mi luz, mi salida, mi escape, mi todo, y a pesar de que necesitaba que siguiera siéndolo, Nadia empezaba a arrebatármelo.

Al pasar por el lado de Bolton, quien hablaba tímidamente con el profesor de la ESI, había visto a Sebastián en la entrada del salón de cuarto año, con las manos en los bolsillos y la mirada dispersa en los estudiantes que se despedían entre sí y abandonaban el instituto. Jones podía engañar al resto, pero yo lo conocía lo suficiente como para no deducir sus verdaderas intenciones.

Le pedí a Gala que me esperara en el auto junto a mis amigas y regresé al instituto con la mente en llamas. Me acerqué a la puerta cerrada del aula y me acuclillé para no ser vista a través de la ventanilla que llevaba reglamentariamente cada una de las entradas de los salones.

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