(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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Lo había pensado desde el inicio de aquella pesadilla, en la casa de Nadia. La esfera de luz, en medio de la habitación tétrica, nunca me advirtió sobre un bien. Bolton nunca había sido un bien para mí.
Había iniciado mi día desestabilizado por el mal sueño de un pasado que quería remitirme a mi presente. Los sucesos de ayer.
Me arriesgué tanto.
Di por sentado que era ella, que podía confiar, que podía acercarme, que podía abrirme. Pensé que podía ser débil sin miedo.
Realmente creí en vos, Nadia.
Se había aprovechado de todo lo que le entregué y todo lo que fui por nada. Me había usado.
Quería creer que lo merecía, que era un pago por todo el mal que hice y le hice, pero ¿Por qué así? Terminamos convirtiendo nuestro noviazgo en un idilio de burlas. ¿Cuánto tiempo habíamos durado y en cuánto tiempo se había destruido? La cuenta era tan mínima, tan vergonzosa. Había decidido aprender con ella a amar y ser; sin embargo, terminó tratándose de un camino corto hacia un fin indigno.
No podía dejar de verme abriéndome entre medio de aquella masa de estudiantes que acorralaban la escena que no se me removía de la mente. Mientras más me acercaba, más pensaba en lo peor. Las miradas de advertencia, los murmullos por lo bajo. Cada detalle me ofuscó hasta estar frente a ellos, enredados contra un árbol del sendero. Reaccioné tan rápido que ni siquiera conseguí padecer el momento. Me sentí encolerizado.
Un corazón roto, ¿cuál es la cura?
Una contracción en el pecho que duele, que angustia, que enoja, que te paraliza. ¿Cómo se deshace?
Se había intensificado tanto cuando empezaron a entrar sus llamadas. Su voz en el buzón, su llanto del otro lado. ¿Qué insistía por explicar? ¿Qué era lo que le angustiaba? Había empezado a debatirme entre razones que terminaron por diluirse dentro de mi propia aflicción.
De pronto, la música de la radio retomó su protagonismo y arrastró cualquier idea que se asemejara a Bolton. Con las manos en el volante, conducía hacia el colegio, a un día de lo sucedido, con la mente enfocada en una superación inexistente que planeaba trasmitir a lo largo de todas las horas escolares.
Estacioné frente al parque de la entrada, agarré mi mochila, la cual había dejado sobre el asiento de acompañante, y me la colgué en el hombro. Tras salir del auto, activé la alarma y empecé a caminar con una decisión que me era ajena. Durante todo el trayecto hacia la entrada del instituto, tuve que evitar las infaltables miradas de quienes ocupaban el parque.
Imbéciles.
Atravesé la mitad del pasillo y me detuve junto a la morocha que se servía agua, de un bidón comunitario, en una botella térmica.
—Ashley Kellen—la llamé.
—¿Te acordás de mí? —preguntó sin mirarme, cerrando la corriente de agua.