(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Enfrentarme a mi imagen en el espejo era una vía directa a aquella noche del infierno. Estaba destrozada, cruelmente lastimada, y lo peor de todo era reconocer que aquella chica rota era yo.
Me di una ducha rápida para despabilarme en cuanto desperté durante la mañana y me vestí con un short negro, una musculosa blanca ajustada y unas botas texanas negras con tacón bajo en los pies. Luego, para tapar las heridas visibles, me maquillé el rostro y me pinté los labios de color bordó con el objetivo de disimular mi labio hinchado y partido.
Cuando bajé al vestíbulo evité pasar por la cocina y me despedí de mamá en un grito. Salí de casa y me sentí aliviada de estar lejos de aquel ambiente destructible. Caminé hasta lo de Gala y, en cuanto llegué, toqué la puerta con las esperanzas de que no se volviera a fijar en mi conjunto apagado.
—Santa María—dijo en cuanto me atendió.
—¿Lista? —intenté esquivar el comienzo de un tema del que no quería participar.
—¿Lista? —cerró la puerta detrás de ella—. ¿Eso es posible?
—Cambio... cambio de estilo—contesté, amagando para darme la vuelta.
—No te vas a ningún lado—me sostuvo Gala de la mochila, volviéndome hacia atrás y obligándome a mirarla a los ojos.
—No quiero...
—¿Otra vez tu papá? —me interrumpió con seriedad.
Bajé la vista y me mantuve callada, estaba exhausta, y no quería rememorar una vez más una situación que prefería desechar de mi mente.
—Vamos, tenemos que hacer la denuncia—me agarró del antebrazo, impulsándome a caminar.
—No—me liberé de su agarre.
—Dijiste que la próxima vez iríamos juntas a hacer aquella denuncia, esta es la próxima vez.
—Por favor—di un paso al frente, para bajar la voz—. Ya no tiene sentido.
—Lo que haces no tiene sentido, Nadia, te comportas como si fueses indefensa y tenés mil maneras de salir de esto.
—No hay defensa para esto, es mi papá.
—¡Los padres no golpean a sus hijas! —alzó la voz.
—¡Habla más bajo! —miré a ambos lados, chequeando que no haya nadie a nuestro alrededor.
—Es un tema que la policía debería saber. Por favor, dejame ayudarte.
—¿Querés ayudarme? Entonces evítate esto—la señalé.
Me giré impetuosamente sobre mi lugar, dejando en claro que estaba lo suficiente exasperada como para proseguir con aquella controversia, y empecé a caminar en espera de que Gala me siga, acción que sucedió un minuto después en el que me dispuse a girarme para ver si sus pasos eran a mi par. Estaba distante, con la vista en el suelo y los brazos envueltos en su estómago. Se la notaba preocupada y triste, un gesto que me hizo sentir importante para ella, pero, por otro lado, me dolió.