(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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"El silencio dice más que mil palabras", pero la realidad es que a mí me decía poco y nada.
Había estado soportando durante una semana no mirar, hablar o siquiera saludar a Nadia. Mi viejo yo estaba volviendo, las fiestas comenzaron a multiplicarse, pasaba el tiempo fuera de casa y me mantenía alejado de aquella chica que me desestabilizó por unos días. Ambos estábamos encajando en nuestras personalidades; ella con sus conjuntos coloridos y apartada de esos labiales que tanto me encantaban, y yo con mi conquista arrasadora y mis salidas nocturnas.
Era sábado y me esperaba una cita con Gala, la cual habíamos organizado tras encontrarnos en el boliche de la ciudad. Su belleza me había capturado al instante y ella se demostraba muy dispuesta a cualquier plan que pudiera proponerle, lo que en cierta forma delató su obsesión conmigo, esa de la que muchos hablaban.
—Hola—me dedicó una sonrisa mientras cerraba la puerta de mi auto.
Noté que su boca estaba pintada de un rojo sangre que contrastaba con su vestido negro de falda campana. Se veía muy linda y atractiva, pero en cierto modo me hacía recordar a Nadia, ¿desde cuándo Gala usaba labiales de colores?
—Hola—besé su mejilla con delicadeza, permitiéndome percibir su perfume de lavanda—. Rico perfume, te ves hermosa.
—Gracias—se ruborizó—. ¿A dónde vamos?
No contesté; le dediqué una media sonrisa y empecé a circular a una velocidad intermedia por la carretera. No tuvimos una conversación mientras conducía hacia el famoso restaurante chino de sushi de la ciudad, y Gala ni siquiera insistió en saber a qué lugar iríamos, prefirió mantenerse callada durante el trayecto, así que tuve que rellenar el silencio con música de la radio.
Ya en el restorán ordenamos el especial del día, el único momento en donde intercambiamos ideas y debatimos sobre el menú; no obstante, al poco tiempo todo se volvió hastío, y Gala sólo se dedicaba a juguetear con un brazalete de su muñeca derecha.
—Me gusta tu pulsera—apunté el accesorio con una sonrisa, necesitaba romper con la tensión que se había generado entre los dos.
—Gracias—sonrió como de costumbre—, me la regaló Nadia, ella tiene uno igual.
—¿Muy amigas?
—Pasamos casi todo el verano juntas—contestó con entusiasmo, y noté lo cuánto que apreciaba a la nombrada.
—El tiempo no hace a la amistad, ¿cierto?
—Definitivamente—susurró, fijándose en su brazalete con una sonrisa melanconiosa—, obtuvimos una confianza que no todos logran alcanzar en un par de meses.
—Amistades verdaderas—le sonreí mientras observaba cómo un empleado del restorán se acercaba con nuestros platos.
—Totalmente—coincidió al mismo tiempo que le colocaban su plato frente a ella.