Capítulo 11

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Papá nuevamente se había desmedido: me amarró de la muñeca, me metió dentro de la casa y me arrojó contra la pared

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Papá nuevamente se había desmedido: me amarró de la muñeca, me metió dentro de la casa y me arrojó contra la pared. La caída me dolió, no sólo porque no había llegado a apoyar las manos contra el suelo, sino porque mi labio había vuelto a sangrar tras haberlo mordido involuntariamente en medio del impacto.

—¿Me explicas quién era ese muchacho? —interrogó mi padre, apuntando la puerta de casa.

Miré a mi alrededor y noté que mamá no estaba en disposición de salvarme: había salido y esta vez debería enfrentar mi miedo yo sola, sumando a que la sangre de mi labio inferior empezaba a manchar el suelo y dejaba en vista la cantidad que perdía.

—Hablé con Fabián y me dijo que no pudo esperarte porque no salías del colegio—agregó ante mi silencio.

Me esforcé por no recordar, por no alterarme ante la pérdida de sangre, por no intranquilizarme y lidiar con otro de mis ataques. No podía perder el control en aquel momento, mi padre estaba esperando por una respuesta de mi parte, aunque mis cuerdas vocales se hayan dispuesto a fallarme, al igual que mi mente, que no conseguía formular una excusa que me quite aquella situación de encima.

—¡Nadia! —gritó, furioso—, ¡te estoy hablando, contesta!

—Él...—murmuré, esforzándome por hablar.

Las imágenes del pasado rondándome por la cabeza, el flujo rojo ocupando cada centímetro de mi mente, la angustia al estar siéndome presionada por alguien que era capaz de herirme como la habían herido a ella, la desazón ante la situación, y otras emociones acumuladas, me llevaron a romper en un llanto desgarrador.

—¿¡Él qué!? —se acercó papá, amenazante—. ¡Nadia! ¡Habla! ¿Acaso no te enseñaron a hablar y responder cuando te hacen una pregunta?

—Es...—me llevé una mano al pecho, intentando controlar los latidos frenéticos de mi corazón—... un compañero.

—¿¡Compañero!? —gritó, llamando mi atención—. ¿¡Y eso quién te lo cree!?

Cerré un segundo los ojos y me esforcé por comandar tanto mi respiración como mi ritmo cardíaco. No podía desestabilizarme por segunda vez en el día a causa de una cortadura de labio, no frente a mi padre. Rememoré los ojos verdes de Sebastián fijándose en mí, su voz ordenándome que lo mirara, la sensación de su mano en mi nuca, y su capacidad de conseguir que me concentrara en algo más que lo que mi mente proyectaba cruelmente cuando veía semejante cúmulo de sangre.

Abrí los ojos y mi mente construyó rápidamente la mentira más conveniente:

—Me demoré hablando con un profesor—dije, secándome con las manos las lágrimas de mis mejillas—, después me encontré con este compañero en el aula y se ofreció a traerme en su auto.

—¿Estás segura de que él no era tu profesor? —preguntó, conservando su tono severo—, porque se veía más grande que vos y lo menos que puedo aceptar ahora son mentiras, Nadia.

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