(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—Me está provocando—me senté frente a Raúl, quien devoraba un sándwich de milanesa.
Estaba seguro que su madre se lo había preparado, trabajaba en una confitería donde se especializaban en sándwiches.
—¿Ronald? —habló con la boca llena, sin sacarle los ojos de encima a su enorme sándwich—, es un idiota, amigo, ya lo he estado viendo, a mí también me lanza cabeceadas y miraditas. Es un pelotudo—le dio otro mordisco a su comida—. ¿Te parece si lo agarramos entre cuatro?... mejor cinco, sí, creo que cinco está bien—propuso antes de tomar un largo trago de su gaseosa.
—Hablo de Nadia.
Raúl se ahogó con su bebida y estuvo unos dos minutos intentando aliviar la tos. Sus ojos, enrojecidos, se centraron finalmente en mí y me dedicó una sonrisa cómplice.
—Cuenta—pidió con la voz afectada.
—Siempre tiene algo que reprocharme.
—¿Y la misión de conseguirla?
—No logré nada—me quejé, pasándome la mano por encima del cabello.
—Supuestamente ibas a pelear, ¿no?
—No, directamente no debería estar haciendo nada—me acerqué a la mesa, apoyando mis antebrazos sobre la superficie fría de la mesa de metal—. ¿Por qué no puedo ignorarla? ¡O hasta odiarla!
—¿Querés que te responda? Porque no creo que te guste que te diga que posiblemente estés experimentando un par de sentimientos totalmente nuevos.
—No me hables de sentimientos—mascullé, mirando hacia la entrada de la cafetería, en espera de la llegada de Nadia.
—Sólo digo—levantó las manos, en señal de paz.
—¿Hay alguna fiesta hoy? —volví a fijarme en él.
—No me han avisado nada—contestó con pena—. Una cosa—agregó al notar que no estaba prestándole atención.
—¿Qué? —lo miré con poca paciencia.
—Lo que sentís no se deshace con fiestas, tenés que enfrentarlo.
¿Enfrentarlo? ¿De qué me servía enfrentar lo que sentía si cada vez que me encontraba con Nadia automáticamente se me bajaba la guardia con la que intentaba ser indiferente a ella y a lo que me provocaba? Después de haber tenido tanto éxito con mi autocontrol, que me permitía dejar mis debilidades en un segundo plano, no conseguía ocultarme de aquella mujer de la que me convenía escapar.
Nadia se había convertido en una de mis nuevas debilidades y el pensamiento insistente en ella me carcomía la mente de una manera placentera; sus ojos mirándome, su sonrisa brillando, sus labios besándome, su boca bordó..., y Fabián. ¿Qué hacía Fabián en el medio? Pensé en el auto, la entrada, y en ella, que estaba con él.