Capítulo 37

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No tenía por qué afectarme, no tenía por qué defenderla y no tenía por qué compadecerme de ella

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No tenía por qué afectarme, no tenía por qué defenderla y no tenía por qué compadecerme de ella. Podía hablar por sí misma, pararse frente a quienes la insultaban y evitar que la tratasen como la trataban, ¿por qué era yo el que siempre tenía que salvarla, por qué me miraba como si fuese el único capaz de ir en contra de quienes la herían? Nadia era fuerte, lo soportaría, de alguna manera buscaría solucionarlo, yo no podía ser la solución a todos sus problemas, ni tampoco la sería después de las confesiones que hizo con respecto a mi vida frente a medio alumnado, ¿cierto?

Tocó la campana del primer recreo y fui el primero en abandonar el salón para encontrarme con Raúl en el pasillo del colegio, quien me miró como si fuese un extraño al que le veía cara conocida. Sí, parecía un extraño: estaba enojado, apagado, sin ganas de nada y a la vez con ganas de destrozarlo todo. Nunca permitía exponerme, mi cara de póker era conocida entre quienes intentaban descifrar qué me sucedía. Aquel día no podía disimular.

—¿Qué pasó con Nadia? —Se acercó a mí, tomándome del antebrazo.

—Nada. —Me solté de su agarre con una brusquedad algo exagerada.

—Vi que entró al baño llorando—me informó como si fuese de suma importancia. Se lo veía preocupado.

—Qué lástima—le dije antes de empezar a caminar en dirección a la cafetería.

—Sebastián—me siguió por detrás, marcando el paso con sus borcegos de policía. "No son de policía, son de montaña", me corregía siempre. Raúl tenía algo personal con la policía.

—Esta vez no estoy, Raúl—le contesté, abriendo la puerta de la cafetería e ingresando a ésta sin darle paso a Raúl.

Me acerqué a la fila que esperaba junto a la barra de la cocina y miré los combos del día: "café con leche y dos tostadas con mermelada a elección", "café con dos medialunas", "mate cocido y una porción de tarta de chocolate". Todos cruelmente endulzados por una combinación de comida letal.

—Qué asco—murmuré, girándome hacia Raúl, quien se había parado a mi lado.

—Ya estás criticando la comida dulce, ¿es algo relacionado con el amor? —preguntó, mirándome a los ojos.

—No me hables de amor—negué con la cabeza, volviendo a centrarme en las ofertas del día—, suena estúpido saliendo de tu boca.

—Yo no tengo suerte, pero al menos no soy un imbécil—contestó, también mirando las ofertas.

—Me mintió—me giré hacia él—, y luego habló de mi madre.

—¿Le dijiste lo de tu madre? —preguntó, aparentemente sorprendido.

—No quiero hablar de eso—le advertí, avanzando en la fila.

—Tampoco querías hablar de amor—me siguió el paso.

Sin Límites | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora