(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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Mi sangre se había convertido en fuego, la ira sacudía mi cuerpo entre cada paso que daba, y mi corazón latía precipitadamente contra mi pecho. Cruzar la cafetería con el aspecto tan irritado, sorprendido y pálido atrajo las miradas prejuiciosas de muchos. El control que Sebastián había tomado sobre mí me sacó de quicio, no podía creer que de un momento a otro alguien que apenas conocía se había atrevido a invadir algo más que mi privacidad.
—¿Pasó algo? —me preguntó Gala en cuanto me senté en frente suyo.
—¿Tendría que haberme pasado algo? —la enfrenté con la mirada. No estaba dispuesta a confesarle que el "amor de su vida" acudió a un trato poco racional sólo para sacarme una información que no le incumbía.
—Posiblemente te pasó algo. Te ves rara y mal.
—¿Mal? Tal vez es por mi vestuario, a nadie le gustó—respondí, centrándome en mi café con leche, el cual había pedido en el mostrador de la cafetería antes de dirigirme a la mesa de Gala.
—Voy a preguntarte una vez más: Nadia, ¿te pasó algo?
—Gala, ¿por qué siempre tiene que pasarme algo? —volví a mirarla.
—Explícame esto: apareces en la puerta de mi casa con una apariencia completamente diferente a la de ayer, una actitud rancia, te ves enojada contigo misma y con el mundo entero, ¿y ahora? —me señaló—. Apareces a pocos minutos de que la campana toque con la mirada perdida, la piel pálida y un gesto poco agradable. Te conozco Nadia, algo te pasó antes y ahora, ¿y sabés qué? Entiendo si no querés contármelo, pero no puedo creer que de pronto no confíes en mí, sabés que puedo ayudarte y escucharte, sabés que guardo secretos..., sabés que soy tu mejor amiga, ¿no?
Los ojos de Gala brillaban en espera de una respuesta, y el bullicio de los estudiantes a mi alrededor me advirtió que permanecer en silencio solamente me llevaría a romper nuestro vínculo de confianza, pero ¿cómo le diría que Sebastián Jones estuvo a milímetros de mí esperando a que conteste su pregunta? Lo único que conseguiría sincerándome sería decepcionarla, y no quería perderla por culpa de un chico del que nunca deseé tener un mínimo de atención. No, no le hablaría sobre lo que me había ocurrido en el aula, sino que le contaría lo que me había pasado anoche al volver a casa:
—Gala, algo más pasó cuando llegué a casa después de haberme perdido.
Era la verdad y, si bien no le contaría lo sucedido minutos antes, me evitaría que me viese como una competencia.
—¿Podés contármelo? —se acercó para escucharme mejor.
—No quise decírtelo antes porque... pensé que no lo entenderías.
—¿Entender qué? —frunció el entrecejo.
—Mi padre..., él fue quien me lastimó—dije finalmente, sintiendo un peso menos—, y me daba vergüenza admitir que lo hizo porque "se preocupó por mí", me daba miedo confesártelo porque no puedo hacer nada al respecto, y vos tampoco.