(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Una victoria engañosa y una derrota absoluta. Con la idea de haber ganado las riendas de una relación que esperaba convertir en imposible, había visto cómo Nadia perdonaba los errores de Sebastián.
—¿No los vas a detener? —me preguntó Gala, atenta al mismo cuadro que observaba yo.
—¿Detenerlo? —Me giré hacia ella—, ¿para qué?
—¡Para que no regrese con Nadia! —Los apuntó.
—Ya saqué mi bandera de tregua, Gala, no tengo más nada que hacer. Sebastián ya no es un posible para ninguna.
En el lamento de un sueño que no fue ni sería, había reconocido que Jones y yo ya no caminábamos por la misma cuerda. Sus fortalezas no se asemejaban a las mías y sus convicciones había cambiado aún lejos de Bolton. Sin ningún plan ni oportunidad de remediarlo, admití que había y debía perder a Sebastián.
—¡Pensé que él iba a quedarse conmigo! —admitió, angustiada de ver cómo ambos se subían al automóvil de Jones.
—Pensar no es algo que se te dé muy bien—le contesté, dándome la vuelta para regresar a mi lugar junto a Cecilia.
—¡Sos una mierda, Ashley! —me gritó por detrás.
—¿¡Una mierda!? —Me giré hacia ella, enfurecida— ¡Desagradecida! —La apunté, enfrentándola de frente— ¡Te di absolutamente todo! ¡Podría haberme aprovechado de las semanas en las que Sebastián se alejó de Nadia, pero me hice a un lado por vos! ¿¡Te parece venir a reclamarme que Sebastián no te quiere!? ¡Ridícula! ¡Te hiciste a la buena y llegaste a tener pena por Nadia! ¿¡Y ahora te enojás conmigo porque él se fue con ella!? ¡Hacete ver! —concluí, dándome la vuelta y caminando directo a la entrada de la playa.
—¡Hacete ver vos, perversa! —Me siguió por detrás, consiguiendo que me detenga— ¡Todo lo que hiciste contra Nadia fue puro desquite tuyo! ¡Mi único objetivo era estar con Sebastián!
—¡Si yo soy una perversa vos sos una obsesiva y ambiciosa de mierda! —La enfrenté una vez más—. ¡Acordate que todo lo que haya hecho yo te convierte en una cómplice directa! —Amagué con irme, pero me detuve con la necesidad de imponer la primera advertencia— ¡Ah! ¡Y ni se te ocurra dirigirme la palabra a mí o al resto de las chicas en lo que queda de tu vida! ¡Estás fuera, inútil!
El final de Gala era difícil de entender. Cecilia insistía en que tenía una dependencia afectiva con el resto a falta de su amor propio, pero yo estaba segura de que Nelson solo se obsesionaba por alcanzar lo inalcanzable. Mi último recuerdo sobre ella era su mirada perpleja tras haberle aclaro que ya no teníamos ni tendríamos relación.
—¿Perversa? —me preguntó Cecilia mientras nos sentábamos debajo de la sombrilla en la que habíamos extendido un mantel a cuadros.
—También una mierda—añadí, alcanzando una cerveza de mi mochila.
—¿Estás de acuerdo? —Me miró, quitándose el vestido que cubría su bikini azul.
—Sí. —Asentí, abriendo la cerveza—. Pero no sirvió de nada serlo, Nadia está bien y Sebastián también.
—¿Y?
—Me cansé—admití—. No voy a insistir.
—¿En hacerles la vida imposible?
—Tan imposible no fue—pensé antes de darle un trago a mi cerveza.
—No des tantas vueltas—se quejó, quitándome la cerveza de la mano para darle un trago—. Si estás dolida, está bien.
—Todo el tiempo estoy dolida, Ceci.
—Va a pasar—me aseguró con convicción.
—¿Cuándo?
—Cuando dejes de ser perversa y una mierda.
—No soy perversa—repliqué, acomodándome el cabello detrás de los hombros.
—Tenés que ocuparte de vos y no de lastimar al resto.
—Vos me apoyaste. —Me giré hacia ella.
—Porque soy tu amiga—se justificó, alcanzándome la cerveza.
—Todavía no sé por qué lo sos. —Le recibí la botella.
—Te conocí antes de todo el quilombo con tu mamá, Ashley. —Se acostó sobre el mantel y me miró desde su posición—. Sé quién sos y por qué estás así.
—Me siento sola, Ceci—confesé, pensando en la reconciliación entre Jones y Bolton—. No quería verlo a él con alguien más. Él pudo salir adelante, conocer a alguien. Yo no.
—Puede que tu manera de salir adelante sea sin conocer a nadie, empezando a valorarte, dejando de lado ciertos vicios.
—No empieces con tus consejos católicos—le reproché, bebiendo un trago de cerveza.
—No te estoy pidiendo ser monja. —Me empujó con su pie en la espalda.
—Casi. —Me reí, reacomodándome en mi lugar.
—Dale, Ash, prometeme que lo vas a intentar.
—¿Ser monja? —pregunté con disgusto.
—¡Salir adelante, boluda! —Se rio, dándome otro empujón.
—Al menos felicítame por no ir detrás de Sebastián cuando se subió al puto auto con Nadia—exigí, mirándola entre cejas.
—Orgullosa de vos. —Asintió, sonriente.
—Es un paso. —Reboleé los ojos, percibiendo su ironía.
—Uno grande—coincidió.
Cecilia era una evasión momentánea y divertida de toda psicología barataque cualquier otra amistad pudiese darte. No criticaba, aconsejaba. No limitaba,apoyaba. Un hilo directo a la tierra, una brújula en el desierto, un hombro enpleno llanto. ¿Hacía cuánto había cubierto la condicionalidad de Cecilia con midependencia hacia Sebastián? ¿Hacía cuánto había justificado mis errores conmis desgracias? ¿Hacía cuánto había esquivado la posibilidad de empezar asanar? Años.
—Sos oro, Ceci. —Me volteé hacia ella, estirando mi mano para alcanzar la suya.