(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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De pie frente al espejo del baño, con la cara empapada, el rímel corrido y la mente abrumada de tanto pensar en lo que había pasado y lo que estaba pasando, me sequé el cuerpo con la manta azul con la que me había cubierto en un principio, removí mi maquillaje corrido con agua y jabón, y me vestí con la misma ropa de anoche.
Anoche.
Cuando vi a Gala de pie bajo el margen de la puerta, completamente pálida y sorprendida por lo que acababa de presenciar, supe instantáneamente que todo cambiaría; sin embargo, yo continuaba en el mismo lugar, cometiendo el mismo error: seguía estando con Sebastián en su mismísima casa.
Sebastián.
Salí del baño en cuanto terminé de arreglarme por completo y lo encontré sentado en el sillón, con las piernas estiradas y abiertas, y el celular entre las manos. Por lo tanto, me aclaré la garganta para llamar su atención y, en el momento que sus ojos se centraron en mí, una sonrisa se encargó de estirar las comisuras de sus labios.
—¿Me das una vueltita? —preguntó con tono juguetón.
—Te daré vuelta la cara de una cachetada si empiezas con tus jugadas ridículas.
—No estoy jugando—se incorporó del sillón.
—Yo creo que sí.
—Me hubiese gustado jugar cuando te vi tirada en el sillón—sonrió con picardía.
—¡Por Dios! No me recuerdes el mal momento.
—Creo que fue uno de los mejores. Tenés un lindo...
—¡Explotaré de ira si nombras algo respecto a lo que viste o hicimos!, ¿escuchaste?
—Explotaste hace bastante, linda.
—No me digas así.
—Vamos—dijo luego de largar una pequeña risita.
Salimos de la casa en silencio y nos subimos a su auto, el cual estaba estacionado frente a la entrada. Me abroché el cinturón en cuanto Sebastián encendió el motor y me giré hacia la ventanilla, determinando mis pocas intenciones de mantener algún tipo de conversación durante el viaje.
—¿Me besarías de nuevo, Nadia? —preguntó Sebastián.
Me volví hacia él con el entrecejo fruncido y lo miré fijamente a los ojos, buscando algún indicio de juego o burla entre sus palabras; no obstante, la realidad era otra: Sebastián estaba hablándome en serio, y me sorprendía el simple hecho de que tuviese esa faceta siendo una persona tan sarcástica y malintencionada.
—¿Por qué preguntas?
—Curiosidad.
—Tu curiosidad fue el principio de todo esto que montaste, ¿no?