(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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Estaba sentada sobre el infortunio del cobrar, perder y caer. Una vida de injusticias que te amarga cada semana con un episodio nuevo. No encontraba estabilidad. Me sentía en medio de un terreno atormentado por turbulencias que maltrataban mis rodillas hasta consumir sus fortalezas. Arrodillada, veía al resto desde el suelo, riéndose, ignorándome y pisándome. No nos vemos por dentro, pero yo era capaz de afirmar que estaba rota, destrozada. Ya no lo soportaba, miraba las fotos de Isabela en mi celular y me apresaba una aflicción en el pecho que agotaba aquel respiro que me mantenía ahí, padeciendo. La extrañaba tanto, estaba segura de que ella hubiese sabido defenderme, aconsejarme, sostenerme. Nadie estaba sosteniéndome. Mamá dejó de ser una opción desde que la vi tan desecha como yo, mi abuela no merecía ni conseguiría cargar con el tormento con el que arrastraba, y Sebastián se había ido.
La noche fue tan larga.
Sin tener la seguridad de que él estaría para mí, me abrumaba la idea de que Nicholas, mi padre, reapareciera. Su ausencia comenzaba a resultarme tan sospechosa que me permití tejer ideas durante las horas de vigilia. Ideas monstruosas e impronunciables. Mi mente insistía en pensar lo que necesitaba acallar para detener aquel desmoronamiento que había iniciado dentro de mí.
No solo se trataba de la vida, también se trataba de lo cruel que estaba siendo conmigo misma.
Empecé a culparme por cada episodio que me llevó a aquel punto culminante donde no podía reconocerme frente al espejo entre las lágrimas que anegaban mis ojos.
No duró para siempre. La alarma de mi mesa de luz se activó y el tintineo me regresó al silencio que prevalecía en mi habitación desde el momento en el que me acosté en la cama.
Era de día y yo no había dormido. Estaba tan despierta como agotada. Tan asustada como impasible.
Me di una ducha de agua fría, agoté el llanto bajo el chorro que me helaba la espalda, y salí al tiempo que mi abuela subía para llamarme a almorzar.
—¿Y esas ojeras? —me llamó la atención mientras abría las cortinas de la ventana.
—Estuve estudiando toda la noche, creo que me pasé—mentí, agarrando el corrector de ojeras de mi neceser.
—Tenés que limitarte—me aconsejó, girándose hacia mí—, no hace bien sobreexigirse.
Autodestruirse.
—Solo fue por hoy, se acerca un examen importante. —Sonreí, recordando la tarea de matemáticas que debíamos entregar.
—Me alegra que sigas estudiando. —Asintió y salió del cuarto.
La seguí por detrás, con mi mochila en el hombro, y comí la mitad de los fideos caseros que había junto a su especial salsa blanca. Elba no tardó en reprochármelo, pero me justifiqué con que la hora de llegada empezaba a pisarme los talones. No era cierto, no tenía hambre.