(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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No tenía justificación, razón o un argumento que explicara por qué intenté forzar conseguir una respuesta de parte de Nadia, por qué quise saber quién la lastimó de manera tan cruel e innecesaria.
Ashley era a la única que protegía o le pedía explicaciones por heridas que se ganaba de peleas de chicas o forcejeos en los brazos que conseguía por seducir a un cuarentón y después no querer acostarse con él.
Lo refugiada que se veía Nadia bajo aquel conjunto tan opuesto al de ayer me advirtió que algo no andaba bien. Mi atención en ella despertó de inmediato y no pude evitar preguntar respecto a todas aquellas heridas que distinguí con sólo mirarla.
Observarla no se me hacía difícil, era la única en el curso que tenía una piel pálida y lúcida, que le permitía resaltar sus ojos celestes, su cabello rubio claro, y su boca pintada por un bordó que me atrajo al instante.
—¿Qué está pasando, Jones? —preguntó el profesor con un tono autoritario.
—Nada—negué rápidamente, evitándole la mirada.
—¿Por qué discutían?
¿Qué carajos le interesa?, pensé en contestarle.
—No estábamos discutiendo.
—Entonces primero tranquilícese—me apuntó, notando que estaba agitado—, y después vaya a la cafetería.
—Bueno—contesté, dirigiéndole una breve mirada.
La retirada del entrometido me permitió darme un tiempo para sosegarme dentro de aquella aula que parecía hacerse cada vez más pequeña. Las palabras de Nadia giraban en mi cabeza de manera insoportable, no podía dejar de pensar en sus ojos celestes clavados en mis pupilas, aquel color bordó en su boca, el rubio de sus mechones traslucidos rozando el blanco de su rostro, la suavidad de su piel invadiendo las palmas de mis manos en el momento que la tomé de su muñeca.
Apreté los párpados con furia y los abrí luego de contar hasta diez, me exasperaba que me tratara tan distaste y que fuese tan contestadora y mentirosa.
—Sebas—me llamó la voz de Ashley.
Me giré nuevamente hacia la entrada del salón y la encontré parada debajo del umbral de la puerta. Analicé su conjunto y noté que vestía con una minifalda de jean, una musculosa blanca escotada, y su boca llevaba un brillo rosado que recordaba haber saboreado varias veces. El sabor a frambuesa que guardaba aquel labial me disgustaba, sentía que tragaba un tóxico que en pocos días terminaría por descomponerme.
—¿Qué querés? —suspiré.
—Necesito que aclaremos lo de ayer.
—¿Qué mierda pasó ayer? —la miré con impaciencia, y ella me contestó levantando sus cejas perfectamente depiladas para advertirme de la tensa charla que se desató anoche en la cocina—. No quiero hablar de nada que tenga que ver con ese día, ya está.