Capítulo 53

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Al despertar, el estómago se me retorcía del hambre, la cabeza me dolía y el cuerpo me pesaba

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Al despertar, el estómago se me retorcía del hambre, la cabeza me dolía y el cuerpo me pesaba. Estaba enferma. Los párpados de los ojos se me caían como producto del cansancio y los labios resecos se me partían ante el reflejo del espejo. Isabela, mi hermana, insistía en que la tristeza era uno de los pesares más contagiosos, ya que es capaz de afectar a tu cuerpo entero. Cuerpo y mente estaban conectados, si uno se enfermaba el otro se contagiaba.

Me duché con agua caliente para darle color a mis mejillas y salí de mi cuarto tras vestirme con uno de los vestidos manga larga que había confeccionado durante las vacaciones de aquel año. Me encantaba idear prendas y llevar mis propios diseños encima.

—¡Muy buenos días! —Apareció mi abuela por la abertura de la cocina. Tenía una taza de café en la mano derecha y un recipiente con una mezcla de huevos y especias en la sobrante.

—Gracias. —Le recibí la taza, sonriente.

—¿Y esa cara? Te ves decaída, ¿andas estudiando hasta tarde de nuevo? —preguntó, agarrándome el mentón con su mano derecha para examinarme el rostro.

—Puede ser. —Sonreí con timidez, retrocediendo un paso.

—Los hombros atrás. —Me señaló, volviéndose hacia la cocina.

Mi abuela deseaba que modelara mis propias prendas de ropa en mi futuro como diseñadora estrella. Le encantaba armarse ilusiones en cuanto a mis metas, así que insistía en la buena postura y el desempeño.

—¿Mamá? —pregunté, siguiéndola por detrás.

—La llamó el abogado, era importante—contestó, apoyando sobre la mesada de la cocina el recipiente que había estado llevando encima—. Debe estar llegando.

—¿Las entrevistas...? —Me refería a su trabajo.

—Nada. —Se giró hacia mí—. Tengo algo dulce—cambió de tema, dándome a entender que no quería hablar sobre ello conmigo—, ¿querés para acompañar?

—Bueno—accedí, sentándome en una de las sillas de la mesa de la cocina.

—¿Y...? —empezó con una ilusión rosa, ayudándome a deducir lo que estaba por preguntar—, ¿cómo está tu bombón? —inquirió finalmente, abriendo la puerta de uno de sus estantes para quitar un recipiente con galletas dulces.

—Supongo que bien—murmuré antes de darle un sorbo a mi café.

—¿Cómo que supones? —su tono sonaba frustrado. No le gustaba que le respondieran sin ganas, como si ella fuese una molestia.

—Que no sé cómo está ni me importa—le respondí, dejando la taza sobre la mesa y girándome hacia ella para mirarla a los ojos.

—¿Qué pasa? —Frunció levemente el entrecejo y se acercó a la mesa para apoyar el recipiente con galletas—. Algo no está bien, ¿cierto?

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