Capítulo 21

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Estaba acabado

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Estaba acabado.

Lo supe desde el instante en el que Nadia me miró a los ojos y me permitió encontrarme profundamente con aquel celeste que ocupaba los suyos.

Fue magia pura. 

Sus labios suaves saboreando los míos, su lengua encontrándose con la mía, su cuerpo presionándose contra el mío; fue un maldito Bing Bang entre todas mis emociones, un maldito problema entre todos mis principios, y un maldito error entre todos los códigos de Nadia y Gala.

Sabía que aquel beso no solamente me traería problemas a mí, sino que también le causaría varios a Bolton, quien, tras la salida de Nelson, reaccionó de su desconcierto.

—¡Mierda! —gritó, dándole una patada al sillón.

Nadie estaba personificando a la mismísima ira, no únicamente porque sus facciones se habían desfigurado en cuanto se percató de que Gala vio nuestro beso, sino porque, después de que su mejor amiga se marchó y ella finalmente tomó absoluta conciencia de los hechos, se dedicó a romper cada cosa que encontraba a su paso: los jarrones de los muebles, los cuadros colgados, algunas cajas con llaves, ceniceros, y revistas viejas.

Estaba descontrolada, no por lo que causó en Gala, sino por lo que ella misma hizo. Se odiaba, se odiaba con abundancia, hasta el punto de destruirlo todo por no poder destruirse a ella misma.

La entendía, no por empatía, sino porque había pasado por varios ataques de ira en los que mi enemigo era mi propia mente, y ¿cómo se supone que te enfrentas a vos mismo?¿Cómo terminas con el odio que generas en tu contra? Resulta que mi salida había sido la misma: destruir, romper y descargar todo el odio en lo material.

Nadia llegó hasta el punto de cansarse y, terminando por arrojar un velador desde una mesa de noche, se deslizó por la pared y se sentó en el piso.

—Lo perdí todo—murmuró, acomodándose el cabello detrás de las orejas y dejando expuesta la expresión de consternación que predominaba en todo su rostro.

—Solamente está enojada—dije, mirándola desde el sillón.

—¿Enojada? —se centró en mí, permitiéndome ver sus ojos aclarados por las lágrimas—. Está odiándome, y todo por tu culpa.

—¿Mi culpa? —me reí, incorporándome del sillón—, te recuerdo que vos me besaste.

—Como si vos no hubieses hecho nada—contestó con la voz quebrada.

—No te obligué a nada—me defendí, caminando hacia ella—, así que no me eches la culpa de algo que vos empezaste, no me eches la culpa por todo lo que te pasa, estaré involucrado, pero eso no significa que sea responsable.

—Lo sos—respondió, dejando caer las lágrimas acumuladas en sus ojos.

—No, lo que pasa es que no querés hacerte cargo de nada, querés ser siempre la víctima de todo.

Sin Límites | COMPLETADonde viven las historias. Descúbrelo ahora