(LIBRO 1 DE LA DUOLOGÍA | TERCERA EDICIÓN)
Reiniciar tu vida no siempre es una tarea sencilla cuando miles de tormentas se encargaron de dejarte miles de heridas.
La adaptación no parece ser un problema al principio, pero a veces llega alguien para...
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—Hasta las tres—condicionó mi papá, mirándome fijamente a los ojos—, no más que eso.
Y tras ese "no más que eso" se escondía un "o llegas a las dos cincuenta y nueve o veremos qué pasa".
Asentí en silencio y me giré sobre mis talones para encaminarme hacia el auto de Fabián, que me esperaba junto al cordón de la vereda de mi casa. Resulta que ayer por la noche me había llamado y, tras una larga charla, decidimos sellar una reconciliación con una salida entre los dos. Afortunadamente conseguí que reconociera que cometió un error al dejarme sola ante la aparición de aquel grupo de chicas en la panadería y recibí unas disculpas a cambio. Sin embargo, no toqué el tema sobre la manera en la que me presentó frente a ellas.
—Hola, linda—me saludó desde adentro del auto con la ventanilla bajada.
—Hola, ¿cómo estás? —Le pregunté mientras me encaminaba hacia la puerta del acompañante y me subía al asiento con una sonrisa. Luego me incliné para depositarle un beso en la mejilla y él se sonrió al mismo tiempo que ponía música de la radio.
—Ahora muy bien—respondió, encendiendo el motor del auto.
Entre sonrisas y coqueteos, Fabián se dio un tiempo durante todo el viaje para hablarme sobre las trabajosas organizaciones que llevaban las grandes fiestas que estaban realizándose en otras partes del mundo y en las cuales él soñaba estar. Fabián había cumplido sus dieciocho hacía unos meses, así que tenía más posibilidades de presentarse a aquellos descontroles legales que tanto lo fanatizaban y a los cuales yo, principalmente en verano, lo acompañé con gusto.
En cuanto llegamos al boliche y los patovas nos cedieron el pase, fuimos recibidos por la típica música movediza que te proporcionaba intensas ganas de bailar. Agarré de la mano a Fabián, nos metimos entre la gente que ocupaba la pista y comenzamos a movernos al compás del ritmo.
—Iré por algo de tomar—me dijo cerca del oído, esforzándose por que su voz se escuchara sobre la música ensordecedora.
Asentí con una sonrisa y me di un tiempo para descansar en uno de los sillones blancos que se escondían en un extremo de la pista. Chequeé mi celular y noté que ya eran las dos de la mañana, ¿sólo me quedaba una hora allí dentro? Era injusto, la estaba pasando increíble por primera vez en todo el mes, ¿por qué tenía que tener un límite de horario? Todos los que estaban a mi alrededor, meneándose, besándose, sacándose fotos o haciendo quién sabe qué, no debían preocuparse por los minutos que pasaban, solamente se ocupaban de pasarla bien y aguardar por el amanecer.
—¡Por Dios! —me gritó una voz reconocida, y pude ver que Ashley se estaba acercando hacia mi—, ¡Nadia!
—¡Hola! —me incorporé del sillón para saludarla.
—¿¡Cómo estás!? —se inclinó sobre mi oído para hacerse escuchar.