Actualmente
Sarah estaba hundida en uno de los sillones de la sala de espera, con la mente a miles de kilómetros. Los recuerdos de Emma, la de antes, la que reía, la acechaban en cada rincón blanco del hospital. Observó a Elizabeth; la mujer se había quedado dormida vencida por el agotamiento, recargada sobre el hombro de Brian. Se veían devastados. Emma llevaba dos días internada y el parte médico seguía estancado en un "pronóstico reservado" que sonaba a sentencia.
De pronto, un chico rubio rompió la monotonía del pasillo. Sarah reconoció esos ojos avellana de inmediato. Se puso en pie de un salto y se lanzó a sus brazos, dejando que el calor de Ross la envolviera. En ese instante, rodeada por su aroma familiar, supo que eso era exactamente lo que necesitaba: alguien que la sostuviera para que ella no tuviera que ser la fuerte por un momento.
—¿Cómo sigue Emma? Vine en cuanto pude —susurró Ross contra su cabello. Sarah no quería soltarlo. No se había dado cuenta de cuánta falta le hacía hasta que sintió su firmeza. Le explicó la situación en voz baja mientras él asentía con gravedad. Luego, se acercaron a los Molko. Elizabeth, que acababa de despertar, lo abrazó con gratitud. Ross, con esa calma natural que lo caracterizaba, le aseguró que Emma saldría adelante, aunque el rostro de la mujer no reflejaba mucha esperanza.
—Ross, te presento a Brian —dijo Sarah—. Brian, él es mi prometido. —Lamento que nos conozcamos en estas circunstancias —dijo Ross estrechando la mano del hombre. —Bienvenido a la familia, Ross. Sabes que Sarah es como una hija para nosotros.
Ross asintió con respeto y tomó la iniciativa: —Deberían ir a descansar. Yo me quedaré aquí con Sarah y, si sucede cualquier cosa, los llamaremos de inmediato. —¿Y si despierta? —preguntó Elizabeth, con el pánico asomando en sus ojos hinchados. —Necesita dormir, Elizabeth. El hotel está cerca y le prometo que seré la primera en marcar su número —insistió Sarah.
Finalmente, Brian logró convencerla. Al despedirse, Elizabeth miró a Sarah con una chispa de ternura. —Me alegra ver que conseguiste a un buen chico, Sarah.
Cuando se quedaron solos, Sarah guio a Ross al sillón. Llevaban una semana sin verse; él estaba rodando en Europa cuando ocurrió la sobredosis y había movido cielo y tierra para terminar sus escenas y volar a su lado. —Gracias por ser tan dulce con ellos —le dio un beso en la mejilla, recostando la cabeza en su hombro. —No es nada. Sé que son tu familia y estaré contigo en las buenas y en las malas —contestó él, dándole un apretón en la mano donde brillaba un imponente anillo de diamantes.
Sarah bajó la mirada y se tensó. Ross, que la conocía mejor que nadie, le tomó la barbilla para obligarla a mirarlo. —No te preocupes por la boda, amor. Detendremos los planes el tiempo que sea necesario. Emma es tu hermana y tiene que estar ahí con nosotros. Sarah no pudo contener un sollozo. —Eres el mejor... de verdad. —Alguien tenía que serlo —bromeó él, logrando arrancarle una pequeña sonrisa—. Por cierto, el papá de Emma es muy guapo. ¿Es normal que me lo parezca? Sarah soltó una carcajada corta, sintiendo cómo el estrés bajaba un poco. Ross era su ancla.
Hace 10 años...
Las chicas estaban en el Live Bar, el lugar de moda donde el volumen de la música te impedía pensar. Cara no dejaba de pedir rondas en la barra, mientras Nina y Sarah intentaban mantener una conversación. Emma, por su parte, tenía la mirada clavada en la entrada, buscando una sombra específica.
—¿Otra vez lo buscas? —se burló Cara, con la lengua ya un poco trabada por el alcohol. —No sé de qué hablas. Solo miro quién anda por aquí —mintió Emma, rodando los ojos. —Seguro anda con otra chica —soltó Cara sin filtro.
El mundo de Emma se detuvo. —¿De qué hablas? Cara se dio cuenta de que había hablado de más, pero la presión de la mirada de Emma la obligó a seguir. —Son chismes... Vero me contó que su amiga Debbie salió con él. Emma sintió una puñalada de hielo en el pecho. El aire del bar se volvió irrespirable. —¿Es verdad? —No lo sé, Emma. Solo te lo digo porque te quiero. Deberías preguntarle.
—Que se pudra —sentenció Emma. En un gesto de furia ciega, se desabrochó el reloj de Evan y lo lanzó sobre la mesa con desprecio. Le arrebató el caballito de tequila a Cara, lo bebió de un golpe y desapareció entre la multitud. Sarah, que había observado todo en silencio, recogió el reloj con cuidado y lo guardó en su bolso. Sabía que Emma se arrepentiría en cuanto se le pasara el enojo.
Nina siguió a Emma hasta los baños. Al entrar, se encontró con una escena que terminó de romper el corazón de su amiga. Ronnie y Debbie estaban frente al espejo, retocándose el maquillaje. —¿Y qué te dijo? —preguntó Ronnie. —Que le gusto, pero que no quiere nada serio —contestó Debbie con una sonrisa de suficiencia—. Hubo algo de "acción", ya sabes.
Emma se lavó las manos mecánicamente, evitando mirar a la chica que supuestamente había estado con Evan. Salió del baño con la sangre hirviendo y se topó con Pete, un conocido que siempre tenía "soluciones" rápidas en el bolsillo. Sin pensarlo, Emma aceptó la pastilla que él le ofreció y la bajó con un trago fuerte que le arrebató de la mano.
De pronto, un tirón en el brazo la obligó a girarse. Era Evan. Se veía molesto. —¿Qué te pasa? ¿Qué hacías con Max? —le espetó él. —¿Qué te importa? —escupió Emma, dejándolo con la palabra en la boca para volver con sus amigas.
Sarah estaba con Matt y Teto. Emma se acercó lo suficiente para escuchar la conversación de los chicos. —¿Por qué no fueron ayer a jugar Xbox? —preguntó Matt. —Evan estaba ocupado con... ya sabes —respondió Teto con una sonrisa sugerente. —¿Con la escuela? ¿O con "la maestra"? —bromeó Matt—. Ya dime, ¿se la está tirando?
Emma no necesitó escuchar más. La pastilla y el alcohol empezaron a nublarle la vista, pero el dolor seguía ahí, nítido y cortante. Salió del bar buscando aire frío. Caminó un par de metros por la calle solitaria hasta que Evan la alcanzó. Estaba fumando, con esa actitud despreocupada que ahora le resultaba odiosa.
—¿A dónde vas? —A casa. Estoy harta. —Te acompaño. —No, gracias.
Evan intentó abrazarla para protegerla del frío, ya que su vestido de tirantes no cubría nada, pero ella lo rechazó con brusquedad. Él la observó un momento, intrigado. —Emma... ¿Por qué no tienes el reloj? —Su voz sonó extrañamente herida. —Me lo quité. No combinaba con mi outfit —mintió ella, clavando la vista en cualquier punto que no fueran sus ojos. Evan soltó una risa seca. —Bien. Pensé que ya no había nada entre nosotros. —¿Y lo hay?
Evan dio un paso al frente, acortando la distancia hasta que ella pudo sentir su calor. —Tú y yo estamos conectados, Emma. Así será siempre.
Sin darle tiempo a protestar, la atrajo hacia sí y la besó. Fue un beso cargado de la misma toxicidad de siempre: esa que la hacía olvidar las mentiras, las otras chicas y las advertencias de sus amigas. En ese momento, Emma se dejó llevar, sin saber que estaba sellando su propio destino.
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Next Band
RomanceAunque lograron el éxito la vida personal de las 4 integrantes de Next Band pende de un hilo. Emma vocalista de la banda vive controlada por las drogas mientras sufre porque el hombre que le juro amor eterno tendrá un hijo con otra. Sarah guitarri...
